RUIDOS EN LA PANZA
Miró a su hija que jugaba con la muñeca y una tacita de plástico. Caminó unos pasos y arropó al nene que apenas se movía en la cama. Pronto iba a cumplir ocho meses. Le notó los ojitos vidriosos y la pancita inflamada. El médico de la salita le dijo que estaba bien, pero, que no descuidara la alimentación. Polenta y caldo no le faltaba. Lo que no podía comprar era “El Refuerzo”, esa leche especial, en lata, que ni siquiera había en la farmacia del barrio.
Después de secarse, se vistió, colgó la toalla en la soga y tiró el agua de la palangana al patio; el perro, que miraba desde el fondo, apenas se movió. Al salir de la casilla, vio a la vecina tomando mate debajo de un árbol, y le preguntó, si podía mirarle un rato los chicos. Todos se conocen y el dicho “hoy por vos, mañana por mí” se había instalado entre ellos, como ley de convivencia.
Las monedas del colectivo sonaron en la palma de su mano. Pidió boleto hasta el Camino de Cintura. Se bajó en la estación de servicio, que ahora es una EG3. Buscó en el bolso un cigarrillo y no lo encontró. En el playón grande, cerca de la arboleda, vio tres camiones de carga. Sus choferes descansaban a la sombra. Los fue mirando mientras se acercaba. Caminó con pasos cortos, poniendo un pié delante del otro, levantó la cabeza y con una mano acomodó su pelo. Arqueó su cadera y empezó a dibujar la sonrisa que había practicado.
Le habían dicho que no aceptara comida, mate, ni alcohol. Que era poco profesional. Los fue mirando a los ojos, escuchó sus voces y les midió la ansiedad. El acuerdo surgió en pocas palabras. Antes de subir a la cabina, sintió una mano áspera entre sus piernas y el aroma a jabón. Iba con suerte, pensó. La noche los fue envolviendo de a poco. Una vez en la cucheta, guardó el dinero en la cartera y se entregó. Mirando de costado, hacia la ruta, vio pasar los micros de larga distancia. Córdoba…, San Juan… En ese mismo momento, otras gentes también buscaban su destino. Mantuvo su mente lejos. Su cuerpo volvió a golpear sobre la colchoneta, por segunda vez. De afuera llegaron ruidos de motor y un espeso olor a gasoil. Al bajar, los otros camiones ya se habían ido. Caminó despacio los primeros pasos, después se apuró.
Antes de llegar al barrio compró algunas cosas en el mercadito del semáforo. Tras empujar la puerta de la casilla, sintió los brazos de la nena sobre su cuello y respiró profundo. Se acercó a la cama y abrió un yogurt. El nene movía la boca y tragaba sin parar. Comenzaron a correr lágrimas por su cara. Sobre su blusa se dibujó una mancha de humedad. Era una sombra oscura, justo a la altura del corazón. Movió la cabeza, espantando culpas, y sonrió.
Las luces del barrio se fueron apagando. “La esperanza sabe atarse al mañana, para no desaparecer”. Algunos, como “atrapasueños”, suelen imaginar ángeles bailando sobre sus chapas. En una ventana, la luz de la lámpara juega con el viento. La penumbra amarilla dibuja la cama y unas mantas. Dos hijos y su madre, ahora, sin ruidos en la panza, por fin pueden dormir.
Roberto Paniagua
miércoles, 4 de marzo de 2009
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