lunes, 17 de noviembre de 2008

LA CAJA DE TÉ

Siempre que se encuentre el cofre de una abuela, no importa la edad, el misterio se dimensiona más allá de lo natural, pensé, mientras veía a Dolores bajar las escaleras que venían del altillo. Con sonrisa nerviosa y voz entrecortada nos mostró una antigua caja de té. En ella, con colores verdes y beige, se dibujaban paisajes campestres de fines de 1800; tenía los bordes y la tapa raspada por el tiempo. Por lo demás, apenas sobrepasaba las palmas de las manos de mi hermana. Jacinto y yo, menores que ella, no hablamos, pero nuestros ojos mostraron curiosidad y movimos los hombros con cierto temor.
A la abuela le gustaba jugar con el hermetismo; recién después de los ochenta se había puesto más comunicativa. Hasta entonces, cuando algo raro ocurría, se la escuchaba decir: .....“todo está escrito”, y continuaba llevando su destino con una entereza particular.
Esta mañana, una larga enfermedad le ganaba la batalla. Ella se dio cuenta, entonces, dijo casi en susurros, que encontraríamos una caja donde podríamos leer nuestros destinos. Después de estas palabras murió y a juzgar por su rostro, con mucha paz.
Los tres rodeamos la mesa y la caja fue abierta. Además de algunas fotos y notas, aparecieron tres sobres amarillentos, en donde leímos nuestros nombres: Dolores, Jacinto y Alberto. Cada uno tomó el suyo. Sentí el rasguido del papel cuando nuestra hermana fue a sentarse cerca del ventanal. Jacinto en cambio, se paró y comenzó a caminar nervioso, mientras sopesaba curioso, el sobre entre sus manos. Sus ojos brillaron en la penumbra de la sala.
Salí al parque y caminé por el césped espeso. Levanté la vista y observé, que en la planta alta, la casona mostraba todos sus ventanales cerrados, respetándose el duelo. En el espacio gravitaba el silencio. Me di cuenta de que los pájaros no cantaban. Reinaba el misterio. Claro, iba yo a convertirme en un cazafantasmas de mi vida. Todo estaba en abrir el sobre y conocer mi destino, pero a partir de ahí, tendría que recorrer un camino ya leído.
Miré el sobre, y con cariño, lo rocé en todos su bordes, luego, lo abandoné en un cantero. Levanté los hombros, comencé a silbar bajito y fui hasta el portal, camino a lo desconocido.

Roberto Paniagua

martes, 21 de octubre de 2008

BRILLO DE JUVENTUD

El agua caliente mojó el cuello y los hombros; se deslizó por la espalda hasta abrazar sus piernas. Ella se inclinó hacia atrás para mojar sus pechos. Al frotarlos con jabón, sintió los pezones largos, duros y excitados. Recordó otros tiempos y los soltó avergonzada.
El vapor espeso de la ducha le dio calor y sobre todo, intimidad. Se espumó entre las piernas y la sensibilidad la inclinó de espaldas. Se apoyó en el acrílico de la mampara, que entre brumas, dibujó las curvas de su cuerpo. Disfrutó el roce de la esponja húmeda, tibia y se acompañó con movimientos de fruición. Una de sus piernas tembló independiente y, un leve gemido complaciente acompañó la respiración.
Sus ojos se abrieron, se fijaron en un punto invisible y después los cerró muy fuerte. Una vena en su garganta palpitó descontrolada el tiempo suficiente para demostrarle que estaba viva. El arcón del olvido y la rutina, aún no la habían matado.
Ahora tenía que apurarse, se hacía tarde. La vida le marcaba un nuevo impulso.
Hace unos días, recordó, sonó el teléfono y al atender, escuchó la voz de Mirta, acelerada como siempre; invitándola a su exposición en el Borges.
Se echó a reír. -¿Buenos Aires en enero? ¿cómo que sola te aburrís?.
Cuando colgó, como de costumbre, ya tenía una semana de su vida diagramada por otra persona.
Aceptó el viaje. Javier, su marido, no dejó que se olvidara nada; en especial documentos y pasajes. Su trabajo, como siempre lo tendría ocupado y para comer, dijo, iría de su madre.
………………….
Mientras Mirta mostraba sus cuadros, ella recorrió todas las galerías que pudo, pero con las horas, se fueron cansando sus piernas (se arrepintió de haber elegido tacos tan altos) Entonces, buscó un lugar para descansar.
Casi en la salida y en un pequeño hall encontró un banco. Sintió ganas de quitarse los zapatos pero no se animó. Notó que alguien se sentaba a su lado. Al mirar se dio cuenta que era un hombre joven; llevaba una guía de la muestra en su mano y deslizó un par de comentarios elogiosos. Le pareció fino, elegante y con una sonrisa irresistible. Charlaron más de una hora. Pinturas, libros, lugares, sueños. Al verse mayor, ella impidió hablar de edades. Con voz ronca él pidió volver a verla. Se ruborizó, pero complacida, dijo de inmediato que sí.

Ya frente al espejo, eligió un vestido negra y ropa interior al tono. Con hebillas plateadas recogió y enganchó su pelo a la nuca. Un collar de perlas rodeó su cuello y se adentró en su escote. Tenía una oportunidad, y quería lucirse.
Se encontraron en la puerta y entraron. La galería estaba llena. Él le habló al oído. Ella pudo sentir el calor de su respiración, el roce de la mano en la cintura y esa invitación a salir; para tomar aire, para buscar intimidad. La agitación movió sus pechos, brotó una risa inquieta y sintió al caminar, que había humedad de vida en su ropa interior.
Caminaron dos cuadras, hasta Plaza San Martín. Entre los frondosos árboles, se dejó acariciar. Se aflojó y sintió en sus muslos la dureza de una pasión casi olvidada. La noche le dio espacio para ceder un poco más.
Brindó sus labios, pero también mordió. Quería retener el sabor de la carne, de la vida. El joven jugó con sus dedos y ella gozó. Los sintió en sus orejas, en su cuello, en su nuca y deseó abrirse; para recibir, para entregar.
De pronto, el tiempo se detuvo. El espació se congeló. El frió recorrió su espalda y su mirada se petrificó. En sus oídos penetró una voz lacerarte: “¡Perdoname vieja, pero me interesa más el collar!”.
Lo vio desaparecer a toda carrera. Entre los árboles, entre los autos ......, se esfumó.
Le temblaban las piernas, no quería llorar. Volvió al museo apoyándose en las paredes.
-¡¡Rosa!, ¿qué te pasa, que tenés?-, dijo Mirta asustada.
Ella la abrazó y le dijo: -disculpame, pero no te puedo esperar, me vuelvo esta misma noche.-
El micro fue dejando atrás la estación Retiro, cruzó unas plazas y se encaminó a la autopista. El aire acondicionado le dio frío, se acarició los brazos. Abrió su bolso, sacó un suéter y se dispuso a dormir.
Quería dejar atrás un sueño. ¡Un pequeño brillo de juventud!.



Roberto Paniagua
ESPACIO VACÍO
La tarde se pone caliente cuando el sol penetra por los agujeros del techo. Varios redondeles dorados cruzan la pieza, iluminando en pequeñas porciones el piso, la cama y el ropero. Los conos alargados de luz, parecen sostener el polvillo que, agrupados en miles, juegan caprichosos, acompañando esta siesta de enero.
Betina extiende la mano, toma su pollerita de jean y se la pone sin salir de la cama. No quiere que la vean desnuda. Dos catres más se acomodan, ajustados, en la habitación. La figura de un hombre gordo empequeñece el cuerpo de su madre. Apenas están tapados con short y camisón. Andresito, su hermano más chico, con los ojos abiertos, espanta intermitentemente, moscas de su cara. Él no habla, no llora, no grita. El silencio, los insectos y sus mocos lo acompañan todo el día.
En la cocina prende el calentador y pone una pava al fuego. Se arregla el pelo en un espejo redondo, que cuelga de una de las paredes de madera. Sus labios ya son gruesos, podría pintárselos, piensa. Sus ojos negros están enmarcados en cejas oscuras que resaltan la blancura de su rostro. El corpiño que usa se lo regaló una amiga. Es el único que tiene y le está quedando chico. Ya le agregó elástico dos veces.
Carga el termo y lo deja sobre la mesa, junto a la yerbera. Mira una cajita que está sobre el televisor para ver si hay plata. Cuenta algunas monedas de un peso y otras más chiquitas. Se las pone en el bolsillo y sale. En la canilla del patio, con un trapo, remoja las sandalias de plástico hasta ver que revive el color. Al subir al colectivo no quiere separar las piernas y practica un salto para sortear los estribos. Busca el último asiento, ella cree que ahí nadie la ve.
En la puerta de la iglesia, la vieja Juana, barre unos pocos escalones y, casi sin mirarla dice: – Tenés que limpiar la cocina, quedaron los platos del almuerzo, hay ropas para lavar y vélo al padre Ernesto, hoy preguntó por vos.
Caminó entre los bancos. Miró las baldosas grabadas con lirios trenzados. Sintió el silencio de la nave y el fresco de la penumbra rozó su cara. Apoyo una rodilla y se persignó. Por un instante cerro los ojos, después fijó la vista en la cruz de madera oscura, con grietas profundas, inclinada, como a punto de caer. Siempre se pregunta: ¿por qué en ella no está Jesús?
Cerró una canilla que encontró abierta. Levantó un canasto con unos pocos trapos y se dirigió al fondo, a la última puerta y golpeó. Lo primero que vio fueron los pies descalzos del padre Ernesto.
Un rosario cuelga de la pared. Sobre la mesa de luz una vela encendida. Escucha cerrarse la puerta. Deja el canasto en el piso y avanza hasta la cama. Después lo de siempre. La comunión, la purificación del cuerpo y ocupar ese lugar vacío, en un espacio sin Dios.
Roberto Paniagua
LOS ZAPATOS DEL CAMINO

-No puedo más, dije mirando la computadora. Mi voz sonó cansada, casi como un ruego.
Alicia, que me había escuchado desde su escritorio vecino, terminó de escribir algo y me miró con cara interrogante.
-¿Y ahora, Marcelo, qué te pasa?
En una expresión de rabia dije: -¡Es que hoy, hace siete años que estoy metido en esta cueva!
Sus labios se estiraron detrás del rimel y con una risita burlona agregó:
-Y que querés, ¿que te cantemos el feliz cumpleaños?
-No jodás vos también. Quisiera irme de viaje y no volver nunca más, le retruqué, molesto.
-¿y de qué pensás vivir…? Insistió, fastidiada.
-Si esto es vivir… ¡prefiero colgarme de una palmera por el resto de mi vida! añadí, con bronca.
-Si, claro. Y tu mujer y los chicos pueden juntar cocos en la playa…, dale, seguí escribiendo, que en media hora nos toca el refrigerio. Concluyó diciendo, mientras miraba nuevamente su computadora.
Nervioso, busqué una ficha en un cajón y como no la encontré, lo cerré con fuerza. Vi de reojo, cuando algunos compañeros movían sus cabezas de lado a lado y se hicieron señas, para dejarme tranquilo.
De seguir así voy a volverme loco, pensé, golpeando con un puño el escritorio.

Para llegar a la oficina tomo un tren que me deja en constitución. Es común que algún desperfecto me demore en cualquier parte del trayecto. Me acostumbré a ello y creo que eso es lo peor. Siento el ruido de los vagones que van frenando su marcha. Noto que nos detenemos en una estación intermedia. No me asombro y me abandono a la espera.
Veo, en uno de los bancos del andén, a un vagabundo que toma mate con un jarrito de lata y una cañita en forma de bombilla. El agua la sirve, desde una pava negra de hollín. Lo toma con un gesto de sabor riquísimo, inflando sus cachetes para que el líquido recorra todo el paladar. Cada tanto le dirige la palabra a un interlocutor imaginario. Se toma tiempo para mirar a su acompañante a los ojos y por momentos, parece esperar la respuesta, a las cuales, asiente o, en su defecto, niega enfáticamente con la cabeza.
Se inclina sobre su hombro y con una sonrisa, parece rogar un acuerdo. Conseguido su propósito, extiende uno de sus brazos y marca, en forma ampulosa, una distancia que parecen dibujar los valles y montañas, que a sus ojos, los rodea. Luego se encorva y simula recoger una flor, que con gesto noble ofrece a su acompañante. El hombre no ahorra detalles y viendo, que no se lo aceptan, con mueca de pena lo apoyó en el banco, entre los dos. Se sirve agua nuevamente y posa los codos sobre sus rodillas. Abstraído en su pensamiento, absorbe lentamente de la bombilla, como si el agua estuviese caliente. Algo parece llamar su atención y se mira los pies. Entonces, haciendo palanca con uno de ellos, se quitó un zapato, y luego, con los dedos de éste, se quitó el otro. Las medias, bastantes agujereadas, difieren de colores, una es negra y la otra blanca.
Apoyado contra el banco como está, estira las piernas y mueve los dedos de los pies, como si con ellos rozara el teclado de un piano. Una amplia sonrisa se dibuja en sus labios y hamacando su cabeza acompaña las notas, mientras que sus ojos, se pierden mirando el cielo. Infla su pecho ávidamente, tan fuerte, que éste, parece escaparse del saco raído, manchado de grasas, apenas cruzado por una desmechada cuerda. Luego de un rato, extiende una de sus manos y, en un movimiento infantil, salpica el piso con agua fresca, que parece llegar de un arroyo saltarín, que baja de las sierras. Su cara es una galería de sensaciones. Ahora dibuja una expresión de sorpresa e insiste con las flores; las levanta a la altura del rostro de su acompañante. Es cortes con sus movimientos, esboza una renovada sonrisa y con los ojos, un gesto de agradable insistencia. Algo debe haber sucedido. Se quedó mirando el espacio y de pronto, sus labios dibujan un beso que parece sellar un acuerdo. Deja el mate a su lado y con sus dos manos toma las de su acompañante. Ya no caben dudas que son, las de una hermosa mujer. Los dos se ayudan a levantarse y, apoyados en sus brazos, comienzan a caminar lentamente. Me parece que se mueven sin pisar el suelo, sus figuras levitan majestuosas. Miro el banco, ahí quedan el mate y la pava, testigos silenciosos de dos adorables vidas. El tren comienza a moverse, y entonces los veo: “los zapatos del hombre, quedan olvidados en el andén”. Abro la ventanilla y le grito: ¡Señor, señor…, los zapatos…! Levanta una de sus manos y con un dedo se toca la cabeza y me contesta: ¡no importa, todo lo que necesito está aquí…!
Al bajar en Constitución, cruzo el hall central y me encamino al Subte. La vidriera de un negocio refleja mi rostro… me sorprende la sonrisa que se dibuja en mi cara.

Roberto Paniagua
LA MANO QUE NO FUE

El viento golpea sobre la puerta de marco descentrado. Juan, molesto por el ruido, se levanta de la silla y coloca un pedazo de cartón en la junta. Camina hasta la pileta, moja sus manos temblorosas y deja correr el agua sobre sus muñecas. Siente alivio. No ha tomado nada desde anoche y lucha por no sacar la botella que tiene escondida detrás de las ollas. Se acerca al espejo y se mira: su pelo enmarañado forma un inmenso bosque negro y no logra disimular de su boca, una mueca amarga y prepotente. La barba crecida, apenas tapa los cachetes, inflados por un sobrepeso de grasas y alcohol.
Está esperando (sin esperanza) que vuelva Samanta con sus hijos. Fue sin querer que le pegó. Le parece recordar, entre brumas, que los chicos lo enfrentaron por primera vez. A empujones le sacaron a su madre de las manos. Todos gritaron ¡que así no pueden vivir!
—¡Se olvidan de todo lo que di para criarlos! ¡Ahora dicen que tengo que cambiar! Si pudiera volver atrás, tomaría otro camino— Se grita ante el espejo.
Su voz se ahoga entre las palmas de las manos, que refriegan con fuerza su cara.
……………………………

Una tarde de otoño bajó del tren, y corrió hasta el banco de madera, de una plaza casi vacía.
Samanta se colgó de su cuello y lo besó. No lo dejó ni hablar. Lo besó largamente, como tomándole el aire que necesitaba, para hablarle de su embarazo.
Siempre recuerda ese momento, porque ahí dejó las inferiores de ese equipo grande. Tenía que trabajar. Por un tiempo pudo ganarse unos pesos en los regionales de provincia. La plata no alcanzaba y el suegro lo hizo entrar en Gurmendi, la fábrica de Piñeiro.
Cuando le anunciaron que el segundo hijo estaba en camino, ya no pudo entrenar y largó para siempre el fútbol profesional.

Camina como perdido entre esas cuatro paredes de madera. Entrecierra los ojos para ver una foto en la pared. La cara de un pibe lo mira risueño y sobrador. Está parado, sacando pecho, estirando la camiseta roja de “Los bichitos colorados”. Las medias blancas y un número en el pantalón. Su mente se pierde en el recuerdo. ¡Qué verde es el pasto, cuanta gente alrededor!. “¡Sos un genio pibe! ¡Vas a llegar muy lejos! ¡Mago!” Aplausos, muchos aplausos… Cierra los ojos y extiende sus brazos, al público, al cielo…
Ahora, su realidad es otra. Vive de changas y muchas de sus horas las pasa en el club. Le gusta hablar de los partidos de primera y tomar algo con los muchachos.
Los domingos, suele comerse un asadito en Barrancas al Sur y a la tarde, si lo ponen, corretea unos minutos en los partidos amateurs.
………………………………….

Están jugando contra Defensores del puerto. El técnico (para que despunte el vicio) lo pone un ratito, en el segundo tiempo.
—Entrá y hacete un gol, Juan. Metela como vos sabés. ¡Ganame este partido!- le dice al oído, mientras le palmea la espalda.
Le cuesta correr. La pelota no viene, pero él se acuerda de otros tiempos y la va a buscar. Por momentos tiene arranques magistrales, deja a todos con la boca abierta.
—Mirá, mirá como la mueve el gordo, dicen algunos en la tribuna. Otros repiten incansables, la vieja historia:
—En el setenta y seis lo quisieron fichar del club de la ribera. ¡Hasta lo querían llevar a la selección! Pero al gordo se lo tragaron la villa, las mujeres y el alcohol.
Juan abre la boca, toma aire a mordiscones y se cae. Desde que cerraron la fábrica, levantarse del piso, para él, es un intento cotidiano. Ahí va, casi arrastrándose hasta el área. Ve la pelota que viene de arriba, como llovida de ese cielo que lo abandonó de chiquito. Quiere poner la cabeza. Le cuesta saltar. Se apoya en el arquero, sube una mano y la toca. ¡Que importa una falta! ¡Tiene tantas! La gente grita. Todos corren y lo abrazan.
La noche enciende los faroles. Juan va cruzando el puente de La Noria. Camina como llevando una pelota entre los pies. Se hamaca, y se abraza a las columnas, como si fueran sus compañeros después de un gol.
Villa Fiorito lo recibe, con un brillo húmedo de zanjones y veredas desparejas. Está llegando y, al ver la luz de su puerta entreabierta, piensa: ¿Qué hubiese sido mi vida, con la mano de Dios?

Roberto Paniagua

domingo, 19 de octubre de 2008

EL CANJE

“…El hombre, siempre inacabado,
sólo se complementa cuando sale
de sí y se inventa… Sólo seremos
nosotros mismos, si somos capaces
de ser otro… Nuestra vida es
nuestra y de los otros…”
Octavio Paz

La ruta comenzó a borrarse tumbada por la noche. El limpia parabrisas desparramó el barro acumulado en los vidrio. Mi vista ya cansada, buscó en el pestañeo, el alivio de unas lágrimas. Esperaba apenas, una señal. El dibujo de un surtidor rojo y amarillo, que apareció después de una curva, renovó mi aliento. Sentí que era el lugar. Tendría que descansar ahí, si quería llegar bien, a mi destino.
Bajé del auto con el maletín y las carpetas. “Administrador de campos” se leía en la solapa. Para mí, un trabajo bien rentado; para otros, mucho dinero.
La estación de servicios se enquistaba en un pequeño cruce de caminos. Dos calles con faroles iluminaban, apenas, una hilera de casas semidormidas.
En el salón comedor, las sillas y las mesas se multiplicaban vacías, haciendo más frió el ambiente. Me sirvieron un café rebelde al paladar, pero caliente. Dejé que el humo desparramara el vapor haciendo dibujos sobre mi cara. Envolví el pocillo con mis manos, y dejé correr el tiempo. No me saqué el sobretodo. La ventana me devolvió una imagen redonda, aburguesada. Sentí vergüenza. Pasé mi mano por el pelo y mis dedos se perdieron entre las canas. Los años habían pasado, duros, marcándose en el cuerpo.
Un hombre delgado, de mediana estatura, vestido con jeans gastado y con una pobre campera marrón, eligió entre todas, mi mesa. Dejó su bolso sobre una de las sillas y se sentó frente a mí. Quedé sorprendido, no articulé palabras pero instintivamente acomodé el portafolio entre mis piernas. Contesté su saludo moviendo la cabeza. Me dijo que la charla daba calor y acortaba el tiempo. No contesté. Con la vista, me quedé hurgando en la noche.
—Espero un micro que llegará pronto—. Comentó con vos seca y segura. Luego habló algo de reencontrarse con un destino, que lo había olvidado en una provincia, hace muchos años.
Le presté atención cuando recordó a una mujer ofreciendo dos niños. Después, un tren que se alejaba. Tenía que ser uno. La comida, para dos no alcanzaba.
Con el tiempo él también se fue, pero la espera, le signó la pobreza.
Lo miré a los ojos. Estaba mencionado instantes que me pertenecían. Entonces sacó un papel. Lo extendió sobre la mesa, las letras encadenadas me nombraban varias veces. Fechas, hechos y lugares.
—¡Te eligieron a vos...., y yo me quedé! me recriminó, con voz ronca.
Lo miré de costado. Fue apenas, de refilón, pero note su boca desdentada.
Se inclino hacia mí, y agregó:
—Alguien tenía que canjear ese destino de miserias… ¡y me tocó a mí, cubrir tus espaldas!—
—A vos te eligieron para vivir las bonanzas— agregó, y vi dureza en su rostro.
—¡No...., si no fue fácil, no se vaya a creer! contesté, intentando una débil defensa.
Sus ojos, con cierto magnetismo, comenzaron a dominar la escena. Contó buena parte de mi vida y para mi sorpresa, no se equivocaba. Todo estaba ahí, lo bueno y algunas cosas malas. Eso sí, no me juzgó, solo atino a sonreír con la media sombra de su boca. Arqueó las cejas y su frente marcó varias rayas profundas, tan hondas, que me asustaron.
—¿Vos sabes algo de porqué me dejaron? Preguntó, casi como en un ruego. Quise contestar pero noté que mi lengua estaba muerta, no pude emitir palabras. Agaché la cabeza hasta ver mis manos sobre la mesa, estaban blancas y heladas.
Las luces de un micro, al llegar, movieron las sombras del estacionamiento. Lo vi yo, porque él estaba de espaldas. Su voz sonaba metálica y vibró en mis oídos.
–Estoy aquí porque vengo a buscar un vuelto, ¿sabes? ¡Me lo deben, y me lo voy a cobrar! Dijo envalentonado.
Entonces, algo frío invadió todo mi cuerpo, me sentí como mudado. Miré a los costados, busqué al mozo. Quería gritar, para que alguien me ayudara. Mi garganta no me respondió.
Inmóvil como estaba, miré a través de los vidrios.
Un hombre canoso, con largo sobretodo y carpetas en sus manos, llegó a mi auto. Lo abrió, encendió las luces y con leves movimientos, subió a la ruta y desapareció.

—Señor, si va a tomar el micro, le aviso que ya salimos— dijo el chofer, saliendo del baño.
En mi mano había un boleto. Me levanté, subí el cierre de la campera. Tomé el bolso que había sobre la silla, respiré hondo y caminé hasta el colectivo.

Roberto Paniagua
MANOS DE SAL

La figura de Silvio sobre una bicicleta era inconfundible. Acompasaba el pedaleo moviendo los hombros. Sus rodillas bajaban y subían como dos aspas al viento. En el porta paquete siempre llevaba dos baldes, cuchara, fratacho y nivel. Sus zapatos estaban eternamente vestidos en cal. Del manubrio colgaba una bolsa de tela blanca y, dentro de ella, la aromática tortilla que le preparaba Angelina, su mujer. En el fondo, envuelto en papel iba su manjar preferido: un trozo de queso parmiggiano y una botella de vino que había nacido en su propia parra.
Por la avenida que da a la costanera, entre obra y obra, se lo veía pasar varias veces al día. El rostro colorado de Silvio, desplegaba vida y amor por el trabajo. Cuando miraba mar adentro, dibujaba una sonrisa y hasta dicen que movía la cabeza, en un saludo a la distancia, que solo él conocía.
Con nostalgia recordaba sus primeras construcciones, especialmente, aquellas que desde un andamio le permitía ver el verde profundo del agua, con ese brillo refulgente que era un aliento a su trajín. Cuando se sentía cansado, de su garganta salían canzonettas napolitanas, que renovaban su fuerza. No hacía falta reloj, trabajaba hasta que se iba el sol.
Los domingos a la tarde le gustaba ir con su mujer y sus dos hijos, a recorrer los barrios, y así, poder mostrar “sus construcciones”. El paseo siempre terminaba en la playa. Con los pies casi tocando el agua, erguía su cuerpo y extendiendo los brazos señalaba el horizonte. Ponía el dedo justo donde el mar se junta con el cielo. “Hay que seguir esa línea y después doblar a la izquierda. Manteniéndose así tres semanas llegaríamos donde están sus abuelos”. Angelina, movía su cabeza afirmativamente y mirando a sus hijos, con un pañuelo secaba esas lágrimas que le daban vida al recuerdo. El acto final quedaba en Silvio, que hundiendo las manos en el agua y, tratando de pescar la espuma blanca, mojaba su cabeza, haciendo brillar el pelo que iba dejando de ser rubio. Después todos corrían por la arena, marcando las huellas en una sola dirección: La torta de Angelina que esperaba en la casa.

Lentamente los cambios se fueron sucediendo. La edificación en Punta Mogotes le fue quitando la visión directa con el mar. La humedad fue pegando sus huesos con las articulaciones. Una gorra suplantó el pelo que ya era blanco. Su nombre se fue perdiendo en la urbe del barrio. Los hijos, eligieron otras zonas para exhibir sus títulos.
Angelina, un día fue a la quinta y se quedó entre las cañas.
Envueltos en su delantal encontraron tomates, chauchas y mucha eternidad.

Silvio bajó los médanos despacio. Sus pies marcaron la arena. El mar se había puesto gris oscuro y como un gigante movía los brazos demostrando toda su fuerza.
El viejo Napolitano dejó el bastón, y como si pisara un templo se quitó los zapatos, dejó los anteojos sobre el saco y se agachó para mojar su frente.
Miles de resortes se movieron en su cerebro. Vio toda su vida, y divisó su pueblo. Se tomó fuerte de la manos de sal, que lo invitaba a saltar. Y cantando “Torna a Surriento”, se mezcló con el mar.


Roberto Paniagua

sábado, 30 de agosto de 2008

El reflejo de Mariquita

Una foto con marco ovalado cuelga de la pared. Hace muchos años un pintor coloreó de celeste los ojos de la niña, que en realidad después fueron grises. La cabellera rubio dorado, cae perpetua hasta los hombros, que están cubiertos por un vestido azul noche, que deja ver el cuello de una blusa clara con lunares rojos.
-Siempre recuerdo las manos suaves de mamá -dice Mariquita, mientras prepara el té.- Vos Inés, ¿te acordás?
Mariquita ve a Inés moviendo la cabeza, suavemente, como empujada por el viento que se filtra por el marco de la ventana. Deposita la bandeja sobre la mesa y mirando el sillón agrega:
-Me peinaba solamente por la tarde; menos que a vos ¡Yo siempre fui más obediente! ¿Verdad?
Mariquita sonríe al ver que Inés acepta su punto de vista sin decir palabra.
La tarde tiñe la habitación de un amarillo que rápidamente se convierte en ocre, para luego, dormirse en sepia.
El humo de la tetera, libre, arma y desarma imágenes que el tiempo no quiere medir.
Solamente una cuchara carga el azúcar que se espuma en el té.
-Yo la cuidé tanto ¡Pobrecita! Claro... ¡mientras vos viajabas con ese militar tan apuesto! ¿Se llamaba Andrés, verdad? Te odio por eso: ¡porque viviste lo que yo no pude vivir!
La boca de la noche devora, uno a uno, los muebles de la casa.
Mariquita, animada por el silencio de Inés se inclina sobre la mesa y, entre dientes, dice:
-¡Tu piel es sólo el producto de las cremas que te has puesto! En cambio yo, con la ropa, los pisos, el cuidado de mamá, ¿qué piel voy a tener? Si fui una esclava toda mi vida. ¡Vos lo sabes bien!
El vidrio de la foto refleja un brillo que ya es de luna. Y los ojos de la niña, en una mirada fugaz, muestran una rápida chispa de vida.


Un ruido a pocillo que se parte en el piso, corta la conversación.

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Encontraron veneno en la jarra de té. Los vecinos dijeron que la anciana vivía sola desde la muerte de su madre.
Un pariente lejano, después de reconocer el cadáver, comentó que ella siempre tuvo dos obsesiones: una hermana imaginaria y su propia imagen enmarcada, donde nunca envejeció.

Loco frío de Junio

La tarde, húmeda y fría, matizan de gris las calles Quilmeñas.
Un Rastrojero azul viene cruzando por Andrés Baranda. La marcha peronista va despertando al barrio. Son los muchachos del Sindicato Cervecero. Han puesto un parlante sobre la cabina y pasan anunciando, en breve, la visita del General.
“El loco Crispino” va sentado atrás, con las piernas flacas y largas rozando el paragolpe. Cada tanto de una bolsa arroja volantes a la calle. Los chicos, que corren detrás de la camioneta, alzan sus manos al viento, aferrando los folletos que vuelven a tirar; al aire, a la vida, a la historia.
Sobre un papel de fondo blanco, en letras negras, se lee:
PERÓN ES EL PUEBLO Y EVITA VIVE EN NUESTRO CORAZÓN.
Crispino trabaja por la mañana en la cervecería. A la tarde, después de dormir la siesta, sale a barrer las calles y pinta (de blanco) las bases de todos los árboles que va cruzando a su paso.
-Cuando venga Perón, tiene que ver un barrio lindo, todo pintadito y con gente feliz- dice, mientras trabaja en los frentes de las casas.
El vecino que quiere, lo ayuda; otros, lo miran indiferentes; él nunca pide nada. Algún muchachón que pasa en bicicleta, para contrariarlo, le grita: “Viva los Radicales”, y Crispino se enoja, lo putea y por lo bajo le contesta: - ¡pero si vos conociste los zapatos gracias a Perón!
Crispino es soltero, cuarentón y peronista. Quienes lo ven medio loco no están errados, algo le falta, pero sus neuronas le alcanzaron para entrar a la cervecería como obrero de mantenimiento.
Las chicas del barrio, respetuosamente, se mantienen sin interés en casarlo. Pero todas lo quieren de una forma especial.

Él siempre cuenta, que se mojó los pies en la fuente de La Plaza de Mayo en aquel octubre del cuarenta y cinco. Que habían ido con el tranvía veintidós, hasta Avellaneda. Cruzaron el riachuelo en botes y de ahí, caminaron hasta la Casa de Gobierno. Se habían juntado con los obreros de Berisso, los de Cipriano, y gritaron sin parar durante horas “PERÓN, PERÓN.....”, hasta que se quedaron sin voz. O hasta que el Coronel desde el balcón los mandó a sus casas. Que todo iba a estar bien dijo, y él entendió, que el obrero se había despertado “para vivir eternamente en libertad”.

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Alguien hace sonar la sirena de la fábrica. Hay alboroto. Son las diez de la mañana. Muchos se miran sin entender que pasa. Pronto se forman brigadas obreras para hablar con la patronal. Se corre el rumor que quieren voltear a Perón. Un jefe gorila da la orden de no abrir los portones. Pasan sobre él. Se van cargando los camiones de reparto. Al chofer que no quiere colaborar, lo empujan y otro ocupa su lugar. El griterío es ensordecedor: “…todos a plaza de Mayo, hay que defender al General...”
Se pliegan al movimiento miles de trabajadores.
Van por la avenida Mitre, hacia la Capital. Cuando llegan a Crucecita, antes de Avellaneda, unos aviones pasan rasantes. Dicen que son de la marina. Se escuchan ráfagas de ametralladoras. Algunos obreros saltan de los camiones y comienzan a volver.
Crispino grita para darse coraje. Cuando el camión en el que va, cruza el puente Pueyrredón, empieza a putear a los milicos traidores y a esos aviones, que ahora vacían sus panzas cargadas con odio y bombas de verdad.
Con una mano sostiene la gorra de lana que lleva puesta, cómo si con ella pudiese espantar todo el peligro que los envuelve este dieciséis de junio del cincuenta y cinco. Va con todo su cuerpo asomado. Con el mameluco gris manchado de pintura, de grasa, de trabajo y de un fuerte olor a cebada. Su cuerpo flamea con locura, …va, para salvar al General.
Toman por Montes de Oca y luego suben por la Diagonal.
Está nublado y hace frío. Es mediodía, La Casa Rosada parece herida ¡el balcón está vacío! ¿Será temprano todavía?
Crispino ve la plaza, el humo y corre; corre... hasta el fuego que lo abraza.

Cuestión de respeto

Secó su frente con un pañuelo ya mojado de transpiración. Había retirado la última palada de la madrugada. Luego de colocarlo en un canasto, limpió el horno de ladrillos y barrió toda la cuadra de la panadería. Se bañó y le dijo a la empleada del local, que si lo necesitaban, le avisaran a la tarde. El sol ya extendía sus rayos, amarilleando esos techos bajos, de un barrio que caprichoso, se resiste a crecer.
Al cruzar el terraplén de las vías, mientras se arremangaba la camisa, dio paso a un joven que venía levantando su bicicleta y, lo saludó por cortesía. El muchacho, como asustado, movió la cabeza y bajó la visera de su gorra en un breve movimiento, que no alcanzó a tapar su rostro lampiño. Es bueno que los jóvenes salgan a trabajar temprano, pensó. No como esos, que se la pasan chupando todo el día.
Encontró a su mujer aún durmiendo y se acostó a su lado. La noche había sido larga de trabajo, sino, hubiese acariciado ese cuerpo caliente y desnudo que apenas tapaba la sábana. Acostumbraba a levantarse antes de la una, para despedir a sus dos hijos, que a esa hora iban al colegio. -¡Qué rápido que están creciendo!- les dijo, mientras los besaba.
Cuando Elvira volvió de acompañar a los chicos, se puso a lavar los platos, y él, le cebó unos mates. Casi en un arrebato le acarició los hombros. Había descansado bien y rogaba que no lo llamaran para la changa de la tarde.
Se apoyó en la espalda de su mujer y quiso detenerle los brazos, que
Inquietos, se movían en la pileta.
-No, no, no…, que después pierdo toda la tarde. Tengo que ir al súper, ¡falta de todo!- dijo ella, sacudiendo el cuerpo.
Ricardo cebó otro mate y lo tomó despacio. Sentado nuevamente a la mesa, le miró las caderas. Esas calzas eran muy ajustadas, pensó, pero no lo dijo.
-Esta mañana estabas muy calentita, casi te despierto...- expresó con voz ronca.
-Estaba agotada. Jimi tosió toda la noche y no dormí bien. Ni te escuché cuando te acostaste- Elvira secó sus manos con un repasador y luego preparó las bolsas.
-Ahora estoy descansadito y no hay problemas de que los chicos escuchen. ¡Hace tanto que no te siento gemir...! Ricardo se sorprendió al escucharse decir tal cosa. Le dio vergüenza y se levantó para poner la pava nuevamente al fuego. Vio que Elvira (esquivándolo) tomaba el monedero y salía rápido, sin decir nada.
Con el mate en la mano caminó por el fondo. Imaginó el patio y un sendero de cemento, que iba a hacer con el próximo cobro. Notó que nuevamente el alambrado del fondo estaba roto. -¡Perros de mierda!-, dijo, mirando la casa del vecino.
Nueve años construyendo esa casa. Esperando el asfalto, el gas y que algún colectivo los dejara por lo menos a unas cuadras. Elvira le pedía cerámicos en la cocina, un lavadero cerrado y unas vacaciones en verano. ¡Que los chicos no conocían ni las sierras ni el mar! -En esa panadería sucia no te pagan ni las extras-, repetía cuando se ponía insoportable.
–Ya va a cambiar…, ya todo va a cambiar- se escuchaba decir sin convicción.
Le gustaba su oficio; el pan no faltaba en la mesa y de esta forma, el hambre había dejado, hace rato, de golpearles la puerta. Se le hacía difícil el horario. Cuando muchos vecinos se levantaban, él, camino a casa, entrecerraba los ojos para que el sol no le quemara el sueño.
De tanto en tanto se cruzaba con el joven de la bicicleta, en el terraplén o cerca de la estación. Lo que no podía lograr, era su saludo. Chúcaro el pobre, pensó. Cada vez peor, hoy quiso tocarle el manubrio y el muchacho dio un salto. Le pareció escuchar un grito. Jamás pensó que él podría asustar a alguien, la sola ocurrencia, le dio risa.
Elvira salía del baño y al verlo, ofreció cebarle unos mates. Él recordó ese camisón plateado que ahora le quedaba un poco ajustado y la abrazó.
–No, no jodas, los chicos..., intentó frenarlo, molesta.
Ricardo no aflojó su presión y la tiró en la cama. Esa cama revuelta, que parecía recibirlos en un silencio plomizo y en una mañana, que justo amenazaba tormenta. Los golpes del agua sobre el techo de chapas, ahogaron la respiración agitada de Ricardo, que al estirar la cabeza hacia el respaldo, vio los ojos de Elvira, mirando más allá de la cortina de la pieza. Al descubrir la cara interrogante de su marido, balbuceó –Tengo miedo de que vengan, ¿viste...?-.
Cuando pudo desanudar los cuerpos, Ricardo se secó el miembro con la camisa y se abandonó sobre el colchón, para introducirse en un sueño pesado, de deudas, reproches y como siempre, en esa caída a un pozo, donde por más que braceaba no encontraba los bordes, ni el fondo, para poder salir.
El corte de luz fue general. Trabajó hasta que se apagó el resplandor de la última leña y dejó dicho que vendría a la tarde, para limpiar y acomodar todo.
La luna y cuatro estrellas le decían que la noche tardaría un rato todavía. Cruzó las vías y se fue metiendo en el barrio. Notó, que cada vez tardaba más en secarse el barro, después de las lluvias.
Dejó la campera sobre una silla y corrió la cortina de la pieza.
Le parecieron más gordas las piernas abiertas de Elvira. Arqueaba la cintura y sus brazos empujaban hacia adentro una figura casi invisible. La escuchó gemir. Gemía como antes. Con esa risa intermitente, aguda. Parecía una gata herida.
Cuando sus ojos vencieron las tinieblas lo reconoció. Era el muchacho del terraplén. Entonces entendió porqué, al cruzarlo, el joven no lo saludaba.