Una foto con marco ovalado cuelga de la pared. Hace muchos años un pintor coloreó de celeste los ojos de la niña, que en realidad después fueron grises. La cabellera rubio dorado, cae perpetua hasta los hombros, que están cubiertos por un vestido azul noche, que deja ver el cuello de una blusa clara con lunares rojos.
-Siempre recuerdo las manos suaves de mamá -dice Mariquita, mientras prepara el té.- Vos Inés, ¿te acordás?
Mariquita ve a Inés moviendo la cabeza, suavemente, como empujada por el viento que se filtra por el marco de la ventana. Deposita la bandeja sobre la mesa y mirando el sillón agrega:
-Me peinaba solamente por la tarde; menos que a vos ¡Yo siempre fui más obediente! ¿Verdad?
Mariquita sonríe al ver que Inés acepta su punto de vista sin decir palabra.
La tarde tiñe la habitación de un amarillo que rápidamente se convierte en ocre, para luego, dormirse en sepia.
El humo de la tetera, libre, arma y desarma imágenes que el tiempo no quiere medir.
Solamente una cuchara carga el azúcar que se espuma en el té.
-Yo la cuidé tanto ¡Pobrecita! Claro... ¡mientras vos viajabas con ese militar tan apuesto! ¿Se llamaba Andrés, verdad? Te odio por eso: ¡porque viviste lo que yo no pude vivir!
La boca de la noche devora, uno a uno, los muebles de la casa.
Mariquita, animada por el silencio de Inés se inclina sobre la mesa y, entre dientes, dice:
-¡Tu piel es sólo el producto de las cremas que te has puesto! En cambio yo, con la ropa, los pisos, el cuidado de mamá, ¿qué piel voy a tener? Si fui una esclava toda mi vida. ¡Vos lo sabes bien!
El vidrio de la foto refleja un brillo que ya es de luna. Y los ojos de la niña, en una mirada fugaz, muestran una rápida chispa de vida.
Un ruido a pocillo que se parte en el piso, corta la conversación.
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Encontraron veneno en la jarra de té. Los vecinos dijeron que la anciana vivía sola desde la muerte de su madre.
Un pariente lejano, después de reconocer el cadáver, comentó que ella siempre tuvo dos obsesiones: una hermana imaginaria y su propia imagen enmarcada, donde nunca envejeció.
sábado, 30 de agosto de 2008
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