BRILLO DE JUVENTUD
El agua caliente mojó el cuello y los hombros; se deslizó por la espalda hasta abrazar sus piernas. Ella se inclinó hacia atrás para mojar sus pechos. Al frotarlos con jabón, sintió los pezones largos, duros y excitados. Recordó otros tiempos y los soltó avergonzada.
El vapor espeso de la ducha le dio calor y sobre todo, intimidad. Se espumó entre las piernas y la sensibilidad la inclinó de espaldas. Se apoyó en el acrílico de la mampara, que entre brumas, dibujó las curvas de su cuerpo. Disfrutó el roce de la esponja húmeda, tibia y se acompañó con movimientos de fruición. Una de sus piernas tembló independiente y, un leve gemido complaciente acompañó la respiración.
Sus ojos se abrieron, se fijaron en un punto invisible y después los cerró muy fuerte. Una vena en su garganta palpitó descontrolada el tiempo suficiente para demostrarle que estaba viva. El arcón del olvido y la rutina, aún no la habían matado.
Ahora tenía que apurarse, se hacía tarde. La vida le marcaba un nuevo impulso.
Hace unos días, recordó, sonó el teléfono y al atender, escuchó la voz de Mirta, acelerada como siempre; invitándola a su exposición en el Borges.
Se echó a reír. -¿Buenos Aires en enero? ¿cómo que sola te aburrís?.
Cuando colgó, como de costumbre, ya tenía una semana de su vida diagramada por otra persona.
Aceptó el viaje. Javier, su marido, no dejó que se olvidara nada; en especial documentos y pasajes. Su trabajo, como siempre lo tendría ocupado y para comer, dijo, iría de su madre.
………………….
Mientras Mirta mostraba sus cuadros, ella recorrió todas las galerías que pudo, pero con las horas, se fueron cansando sus piernas (se arrepintió de haber elegido tacos tan altos) Entonces, buscó un lugar para descansar.
Casi en la salida y en un pequeño hall encontró un banco. Sintió ganas de quitarse los zapatos pero no se animó. Notó que alguien se sentaba a su lado. Al mirar se dio cuenta que era un hombre joven; llevaba una guía de la muestra en su mano y deslizó un par de comentarios elogiosos. Le pareció fino, elegante y con una sonrisa irresistible. Charlaron más de una hora. Pinturas, libros, lugares, sueños. Al verse mayor, ella impidió hablar de edades. Con voz ronca él pidió volver a verla. Se ruborizó, pero complacida, dijo de inmediato que sí.
Ya frente al espejo, eligió un vestido negra y ropa interior al tono. Con hebillas plateadas recogió y enganchó su pelo a la nuca. Un collar de perlas rodeó su cuello y se adentró en su escote. Tenía una oportunidad, y quería lucirse.
Se encontraron en la puerta y entraron. La galería estaba llena. Él le habló al oído. Ella pudo sentir el calor de su respiración, el roce de la mano en la cintura y esa invitación a salir; para tomar aire, para buscar intimidad. La agitación movió sus pechos, brotó una risa inquieta y sintió al caminar, que había humedad de vida en su ropa interior.
Caminaron dos cuadras, hasta Plaza San Martín. Entre los frondosos árboles, se dejó acariciar. Se aflojó y sintió en sus muslos la dureza de una pasión casi olvidada. La noche le dio espacio para ceder un poco más.
Brindó sus labios, pero también mordió. Quería retener el sabor de la carne, de la vida. El joven jugó con sus dedos y ella gozó. Los sintió en sus orejas, en su cuello, en su nuca y deseó abrirse; para recibir, para entregar.
De pronto, el tiempo se detuvo. El espació se congeló. El frió recorrió su espalda y su mirada se petrificó. En sus oídos penetró una voz lacerarte: “¡Perdoname vieja, pero me interesa más el collar!”.
Lo vio desaparecer a toda carrera. Entre los árboles, entre los autos ......, se esfumó.
Le temblaban las piernas, no quería llorar. Volvió al museo apoyándose en las paredes.
-¡¡Rosa!, ¿qué te pasa, que tenés?-, dijo Mirta asustada.
Ella la abrazó y le dijo: -disculpame, pero no te puedo esperar, me vuelvo esta misma noche.-
El micro fue dejando atrás la estación Retiro, cruzó unas plazas y se encaminó a la autopista. El aire acondicionado le dio frío, se acarició los brazos. Abrió su bolso, sacó un suéter y se dispuso a dormir.
Quería dejar atrás un sueño. ¡Un pequeño brillo de juventud!.
Roberto Paniagua
martes, 21 de octubre de 2008
ESPACIO VACÍO
La tarde se pone caliente cuando el sol penetra por los agujeros del techo. Varios redondeles dorados cruzan la pieza, iluminando en pequeñas porciones el piso, la cama y el ropero. Los conos alargados de luz, parecen sostener el polvillo que, agrupados en miles, juegan caprichosos, acompañando esta siesta de enero.
Betina extiende la mano, toma su pollerita de jean y se la pone sin salir de la cama. No quiere que la vean desnuda. Dos catres más se acomodan, ajustados, en la habitación. La figura de un hombre gordo empequeñece el cuerpo de su madre. Apenas están tapados con short y camisón. Andresito, su hermano más chico, con los ojos abiertos, espanta intermitentemente, moscas de su cara. Él no habla, no llora, no grita. El silencio, los insectos y sus mocos lo acompañan todo el día.
En la cocina prende el calentador y pone una pava al fuego. Se arregla el pelo en un espejo redondo, que cuelga de una de las paredes de madera. Sus labios ya son gruesos, podría pintárselos, piensa. Sus ojos negros están enmarcados en cejas oscuras que resaltan la blancura de su rostro. El corpiño que usa se lo regaló una amiga. Es el único que tiene y le está quedando chico. Ya le agregó elástico dos veces.
Carga el termo y lo deja sobre la mesa, junto a la yerbera. Mira una cajita que está sobre el televisor para ver si hay plata. Cuenta algunas monedas de un peso y otras más chiquitas. Se las pone en el bolsillo y sale. En la canilla del patio, con un trapo, remoja las sandalias de plástico hasta ver que revive el color. Al subir al colectivo no quiere separar las piernas y practica un salto para sortear los estribos. Busca el último asiento, ella cree que ahí nadie la ve.
En la puerta de la iglesia, la vieja Juana, barre unos pocos escalones y, casi sin mirarla dice: – Tenés que limpiar la cocina, quedaron los platos del almuerzo, hay ropas para lavar y vélo al padre Ernesto, hoy preguntó por vos.
Caminó entre los bancos. Miró las baldosas grabadas con lirios trenzados. Sintió el silencio de la nave y el fresco de la penumbra rozó su cara. Apoyo una rodilla y se persignó. Por un instante cerro los ojos, después fijó la vista en la cruz de madera oscura, con grietas profundas, inclinada, como a punto de caer. Siempre se pregunta: ¿por qué en ella no está Jesús?
Cerró una canilla que encontró abierta. Levantó un canasto con unos pocos trapos y se dirigió al fondo, a la última puerta y golpeó. Lo primero que vio fueron los pies descalzos del padre Ernesto.
Un rosario cuelga de la pared. Sobre la mesa de luz una vela encendida. Escucha cerrarse la puerta. Deja el canasto en el piso y avanza hasta la cama. Después lo de siempre. La comunión, la purificación del cuerpo y ocupar ese lugar vacío, en un espacio sin Dios.
Roberto Paniagua
La tarde se pone caliente cuando el sol penetra por los agujeros del techo. Varios redondeles dorados cruzan la pieza, iluminando en pequeñas porciones el piso, la cama y el ropero. Los conos alargados de luz, parecen sostener el polvillo que, agrupados en miles, juegan caprichosos, acompañando esta siesta de enero.
Betina extiende la mano, toma su pollerita de jean y se la pone sin salir de la cama. No quiere que la vean desnuda. Dos catres más se acomodan, ajustados, en la habitación. La figura de un hombre gordo empequeñece el cuerpo de su madre. Apenas están tapados con short y camisón. Andresito, su hermano más chico, con los ojos abiertos, espanta intermitentemente, moscas de su cara. Él no habla, no llora, no grita. El silencio, los insectos y sus mocos lo acompañan todo el día.
En la cocina prende el calentador y pone una pava al fuego. Se arregla el pelo en un espejo redondo, que cuelga de una de las paredes de madera. Sus labios ya son gruesos, podría pintárselos, piensa. Sus ojos negros están enmarcados en cejas oscuras que resaltan la blancura de su rostro. El corpiño que usa se lo regaló una amiga. Es el único que tiene y le está quedando chico. Ya le agregó elástico dos veces.
Carga el termo y lo deja sobre la mesa, junto a la yerbera. Mira una cajita que está sobre el televisor para ver si hay plata. Cuenta algunas monedas de un peso y otras más chiquitas. Se las pone en el bolsillo y sale. En la canilla del patio, con un trapo, remoja las sandalias de plástico hasta ver que revive el color. Al subir al colectivo no quiere separar las piernas y practica un salto para sortear los estribos. Busca el último asiento, ella cree que ahí nadie la ve.
En la puerta de la iglesia, la vieja Juana, barre unos pocos escalones y, casi sin mirarla dice: – Tenés que limpiar la cocina, quedaron los platos del almuerzo, hay ropas para lavar y vélo al padre Ernesto, hoy preguntó por vos.
Caminó entre los bancos. Miró las baldosas grabadas con lirios trenzados. Sintió el silencio de la nave y el fresco de la penumbra rozó su cara. Apoyo una rodilla y se persignó. Por un instante cerro los ojos, después fijó la vista en la cruz de madera oscura, con grietas profundas, inclinada, como a punto de caer. Siempre se pregunta: ¿por qué en ella no está Jesús?
Cerró una canilla que encontró abierta. Levantó un canasto con unos pocos trapos y se dirigió al fondo, a la última puerta y golpeó. Lo primero que vio fueron los pies descalzos del padre Ernesto.
Un rosario cuelga de la pared. Sobre la mesa de luz una vela encendida. Escucha cerrarse la puerta. Deja el canasto en el piso y avanza hasta la cama. Después lo de siempre. La comunión, la purificación del cuerpo y ocupar ese lugar vacío, en un espacio sin Dios.
Roberto Paniagua
LOS ZAPATOS DEL CAMINO
-No puedo más, dije mirando la computadora. Mi voz sonó cansada, casi como un ruego.
Alicia, que me había escuchado desde su escritorio vecino, terminó de escribir algo y me miró con cara interrogante.
-¿Y ahora, Marcelo, qué te pasa?
En una expresión de rabia dije: -¡Es que hoy, hace siete años que estoy metido en esta cueva!
Sus labios se estiraron detrás del rimel y con una risita burlona agregó:
-Y que querés, ¿que te cantemos el feliz cumpleaños?
-No jodás vos también. Quisiera irme de viaje y no volver nunca más, le retruqué, molesto.
-¿y de qué pensás vivir…? Insistió, fastidiada.
-Si esto es vivir… ¡prefiero colgarme de una palmera por el resto de mi vida! añadí, con bronca.
-Si, claro. Y tu mujer y los chicos pueden juntar cocos en la playa…, dale, seguí escribiendo, que en media hora nos toca el refrigerio. Concluyó diciendo, mientras miraba nuevamente su computadora.
Nervioso, busqué una ficha en un cajón y como no la encontré, lo cerré con fuerza. Vi de reojo, cuando algunos compañeros movían sus cabezas de lado a lado y se hicieron señas, para dejarme tranquilo.
De seguir así voy a volverme loco, pensé, golpeando con un puño el escritorio.
Para llegar a la oficina tomo un tren que me deja en constitución. Es común que algún desperfecto me demore en cualquier parte del trayecto. Me acostumbré a ello y creo que eso es lo peor. Siento el ruido de los vagones que van frenando su marcha. Noto que nos detenemos en una estación intermedia. No me asombro y me abandono a la espera.
Veo, en uno de los bancos del andén, a un vagabundo que toma mate con un jarrito de lata y una cañita en forma de bombilla. El agua la sirve, desde una pava negra de hollín. Lo toma con un gesto de sabor riquísimo, inflando sus cachetes para que el líquido recorra todo el paladar. Cada tanto le dirige la palabra a un interlocutor imaginario. Se toma tiempo para mirar a su acompañante a los ojos y por momentos, parece esperar la respuesta, a las cuales, asiente o, en su defecto, niega enfáticamente con la cabeza.
Se inclina sobre su hombro y con una sonrisa, parece rogar un acuerdo. Conseguido su propósito, extiende uno de sus brazos y marca, en forma ampulosa, una distancia que parecen dibujar los valles y montañas, que a sus ojos, los rodea. Luego se encorva y simula recoger una flor, que con gesto noble ofrece a su acompañante. El hombre no ahorra detalles y viendo, que no se lo aceptan, con mueca de pena lo apoyó en el banco, entre los dos. Se sirve agua nuevamente y posa los codos sobre sus rodillas. Abstraído en su pensamiento, absorbe lentamente de la bombilla, como si el agua estuviese caliente. Algo parece llamar su atención y se mira los pies. Entonces, haciendo palanca con uno de ellos, se quitó un zapato, y luego, con los dedos de éste, se quitó el otro. Las medias, bastantes agujereadas, difieren de colores, una es negra y la otra blanca.
Apoyado contra el banco como está, estira las piernas y mueve los dedos de los pies, como si con ellos rozara el teclado de un piano. Una amplia sonrisa se dibuja en sus labios y hamacando su cabeza acompaña las notas, mientras que sus ojos, se pierden mirando el cielo. Infla su pecho ávidamente, tan fuerte, que éste, parece escaparse del saco raído, manchado de grasas, apenas cruzado por una desmechada cuerda. Luego de un rato, extiende una de sus manos y, en un movimiento infantil, salpica el piso con agua fresca, que parece llegar de un arroyo saltarín, que baja de las sierras. Su cara es una galería de sensaciones. Ahora dibuja una expresión de sorpresa e insiste con las flores; las levanta a la altura del rostro de su acompañante. Es cortes con sus movimientos, esboza una renovada sonrisa y con los ojos, un gesto de agradable insistencia. Algo debe haber sucedido. Se quedó mirando el espacio y de pronto, sus labios dibujan un beso que parece sellar un acuerdo. Deja el mate a su lado y con sus dos manos toma las de su acompañante. Ya no caben dudas que son, las de una hermosa mujer. Los dos se ayudan a levantarse y, apoyados en sus brazos, comienzan a caminar lentamente. Me parece que se mueven sin pisar el suelo, sus figuras levitan majestuosas. Miro el banco, ahí quedan el mate y la pava, testigos silenciosos de dos adorables vidas. El tren comienza a moverse, y entonces los veo: “los zapatos del hombre, quedan olvidados en el andén”. Abro la ventanilla y le grito: ¡Señor, señor…, los zapatos…! Levanta una de sus manos y con un dedo se toca la cabeza y me contesta: ¡no importa, todo lo que necesito está aquí…!
Al bajar en Constitución, cruzo el hall central y me encamino al Subte. La vidriera de un negocio refleja mi rostro… me sorprende la sonrisa que se dibuja en mi cara.
Roberto Paniagua
-No puedo más, dije mirando la computadora. Mi voz sonó cansada, casi como un ruego.
Alicia, que me había escuchado desde su escritorio vecino, terminó de escribir algo y me miró con cara interrogante.
-¿Y ahora, Marcelo, qué te pasa?
En una expresión de rabia dije: -¡Es que hoy, hace siete años que estoy metido en esta cueva!
Sus labios se estiraron detrás del rimel y con una risita burlona agregó:
-Y que querés, ¿que te cantemos el feliz cumpleaños?
-No jodás vos también. Quisiera irme de viaje y no volver nunca más, le retruqué, molesto.
-¿y de qué pensás vivir…? Insistió, fastidiada.
-Si esto es vivir… ¡prefiero colgarme de una palmera por el resto de mi vida! añadí, con bronca.
-Si, claro. Y tu mujer y los chicos pueden juntar cocos en la playa…, dale, seguí escribiendo, que en media hora nos toca el refrigerio. Concluyó diciendo, mientras miraba nuevamente su computadora.
Nervioso, busqué una ficha en un cajón y como no la encontré, lo cerré con fuerza. Vi de reojo, cuando algunos compañeros movían sus cabezas de lado a lado y se hicieron señas, para dejarme tranquilo.
De seguir así voy a volverme loco, pensé, golpeando con un puño el escritorio.
Para llegar a la oficina tomo un tren que me deja en constitución. Es común que algún desperfecto me demore en cualquier parte del trayecto. Me acostumbré a ello y creo que eso es lo peor. Siento el ruido de los vagones que van frenando su marcha. Noto que nos detenemos en una estación intermedia. No me asombro y me abandono a la espera.
Veo, en uno de los bancos del andén, a un vagabundo que toma mate con un jarrito de lata y una cañita en forma de bombilla. El agua la sirve, desde una pava negra de hollín. Lo toma con un gesto de sabor riquísimo, inflando sus cachetes para que el líquido recorra todo el paladar. Cada tanto le dirige la palabra a un interlocutor imaginario. Se toma tiempo para mirar a su acompañante a los ojos y por momentos, parece esperar la respuesta, a las cuales, asiente o, en su defecto, niega enfáticamente con la cabeza.
Se inclina sobre su hombro y con una sonrisa, parece rogar un acuerdo. Conseguido su propósito, extiende uno de sus brazos y marca, en forma ampulosa, una distancia que parecen dibujar los valles y montañas, que a sus ojos, los rodea. Luego se encorva y simula recoger una flor, que con gesto noble ofrece a su acompañante. El hombre no ahorra detalles y viendo, que no se lo aceptan, con mueca de pena lo apoyó en el banco, entre los dos. Se sirve agua nuevamente y posa los codos sobre sus rodillas. Abstraído en su pensamiento, absorbe lentamente de la bombilla, como si el agua estuviese caliente. Algo parece llamar su atención y se mira los pies. Entonces, haciendo palanca con uno de ellos, se quitó un zapato, y luego, con los dedos de éste, se quitó el otro. Las medias, bastantes agujereadas, difieren de colores, una es negra y la otra blanca.
Apoyado contra el banco como está, estira las piernas y mueve los dedos de los pies, como si con ellos rozara el teclado de un piano. Una amplia sonrisa se dibuja en sus labios y hamacando su cabeza acompaña las notas, mientras que sus ojos, se pierden mirando el cielo. Infla su pecho ávidamente, tan fuerte, que éste, parece escaparse del saco raído, manchado de grasas, apenas cruzado por una desmechada cuerda. Luego de un rato, extiende una de sus manos y, en un movimiento infantil, salpica el piso con agua fresca, que parece llegar de un arroyo saltarín, que baja de las sierras. Su cara es una galería de sensaciones. Ahora dibuja una expresión de sorpresa e insiste con las flores; las levanta a la altura del rostro de su acompañante. Es cortes con sus movimientos, esboza una renovada sonrisa y con los ojos, un gesto de agradable insistencia. Algo debe haber sucedido. Se quedó mirando el espacio y de pronto, sus labios dibujan un beso que parece sellar un acuerdo. Deja el mate a su lado y con sus dos manos toma las de su acompañante. Ya no caben dudas que son, las de una hermosa mujer. Los dos se ayudan a levantarse y, apoyados en sus brazos, comienzan a caminar lentamente. Me parece que se mueven sin pisar el suelo, sus figuras levitan majestuosas. Miro el banco, ahí quedan el mate y la pava, testigos silenciosos de dos adorables vidas. El tren comienza a moverse, y entonces los veo: “los zapatos del hombre, quedan olvidados en el andén”. Abro la ventanilla y le grito: ¡Señor, señor…, los zapatos…! Levanta una de sus manos y con un dedo se toca la cabeza y me contesta: ¡no importa, todo lo que necesito está aquí…!
Al bajar en Constitución, cruzo el hall central y me encamino al Subte. La vidriera de un negocio refleja mi rostro… me sorprende la sonrisa que se dibuja en mi cara.
Roberto Paniagua
LA MANO QUE NO FUE
El viento golpea sobre la puerta de marco descentrado. Juan, molesto por el ruido, se levanta de la silla y coloca un pedazo de cartón en la junta. Camina hasta la pileta, moja sus manos temblorosas y deja correr el agua sobre sus muñecas. Siente alivio. No ha tomado nada desde anoche y lucha por no sacar la botella que tiene escondida detrás de las ollas. Se acerca al espejo y se mira: su pelo enmarañado forma un inmenso bosque negro y no logra disimular de su boca, una mueca amarga y prepotente. La barba crecida, apenas tapa los cachetes, inflados por un sobrepeso de grasas y alcohol.
Está esperando (sin esperanza) que vuelva Samanta con sus hijos. Fue sin querer que le pegó. Le parece recordar, entre brumas, que los chicos lo enfrentaron por primera vez. A empujones le sacaron a su madre de las manos. Todos gritaron ¡que así no pueden vivir!
—¡Se olvidan de todo lo que di para criarlos! ¡Ahora dicen que tengo que cambiar! Si pudiera volver atrás, tomaría otro camino— Se grita ante el espejo.
Su voz se ahoga entre las palmas de las manos, que refriegan con fuerza su cara.
……………………………
Una tarde de otoño bajó del tren, y corrió hasta el banco de madera, de una plaza casi vacía.
Samanta se colgó de su cuello y lo besó. No lo dejó ni hablar. Lo besó largamente, como tomándole el aire que necesitaba, para hablarle de su embarazo.
Siempre recuerda ese momento, porque ahí dejó las inferiores de ese equipo grande. Tenía que trabajar. Por un tiempo pudo ganarse unos pesos en los regionales de provincia. La plata no alcanzaba y el suegro lo hizo entrar en Gurmendi, la fábrica de Piñeiro.
Cuando le anunciaron que el segundo hijo estaba en camino, ya no pudo entrenar y largó para siempre el fútbol profesional.
Camina como perdido entre esas cuatro paredes de madera. Entrecierra los ojos para ver una foto en la pared. La cara de un pibe lo mira risueño y sobrador. Está parado, sacando pecho, estirando la camiseta roja de “Los bichitos colorados”. Las medias blancas y un número en el pantalón. Su mente se pierde en el recuerdo. ¡Qué verde es el pasto, cuanta gente alrededor!. “¡Sos un genio pibe! ¡Vas a llegar muy lejos! ¡Mago!” Aplausos, muchos aplausos… Cierra los ojos y extiende sus brazos, al público, al cielo…
Ahora, su realidad es otra. Vive de changas y muchas de sus horas las pasa en el club. Le gusta hablar de los partidos de primera y tomar algo con los muchachos.
Los domingos, suele comerse un asadito en Barrancas al Sur y a la tarde, si lo ponen, corretea unos minutos en los partidos amateurs.
………………………………….
Están jugando contra Defensores del puerto. El técnico (para que despunte el vicio) lo pone un ratito, en el segundo tiempo.
—Entrá y hacete un gol, Juan. Metela como vos sabés. ¡Ganame este partido!- le dice al oído, mientras le palmea la espalda.
Le cuesta correr. La pelota no viene, pero él se acuerda de otros tiempos y la va a buscar. Por momentos tiene arranques magistrales, deja a todos con la boca abierta.
—Mirá, mirá como la mueve el gordo, dicen algunos en la tribuna. Otros repiten incansables, la vieja historia:
—En el setenta y seis lo quisieron fichar del club de la ribera. ¡Hasta lo querían llevar a la selección! Pero al gordo se lo tragaron la villa, las mujeres y el alcohol.
Juan abre la boca, toma aire a mordiscones y se cae. Desde que cerraron la fábrica, levantarse del piso, para él, es un intento cotidiano. Ahí va, casi arrastrándose hasta el área. Ve la pelota que viene de arriba, como llovida de ese cielo que lo abandonó de chiquito. Quiere poner la cabeza. Le cuesta saltar. Se apoya en el arquero, sube una mano y la toca. ¡Que importa una falta! ¡Tiene tantas! La gente grita. Todos corren y lo abrazan.
La noche enciende los faroles. Juan va cruzando el puente de La Noria. Camina como llevando una pelota entre los pies. Se hamaca, y se abraza a las columnas, como si fueran sus compañeros después de un gol.
Villa Fiorito lo recibe, con un brillo húmedo de zanjones y veredas desparejas. Está llegando y, al ver la luz de su puerta entreabierta, piensa: ¿Qué hubiese sido mi vida, con la mano de Dios?
Roberto Paniagua
El viento golpea sobre la puerta de marco descentrado. Juan, molesto por el ruido, se levanta de la silla y coloca un pedazo de cartón en la junta. Camina hasta la pileta, moja sus manos temblorosas y deja correr el agua sobre sus muñecas. Siente alivio. No ha tomado nada desde anoche y lucha por no sacar la botella que tiene escondida detrás de las ollas. Se acerca al espejo y se mira: su pelo enmarañado forma un inmenso bosque negro y no logra disimular de su boca, una mueca amarga y prepotente. La barba crecida, apenas tapa los cachetes, inflados por un sobrepeso de grasas y alcohol.
Está esperando (sin esperanza) que vuelva Samanta con sus hijos. Fue sin querer que le pegó. Le parece recordar, entre brumas, que los chicos lo enfrentaron por primera vez. A empujones le sacaron a su madre de las manos. Todos gritaron ¡que así no pueden vivir!
—¡Se olvidan de todo lo que di para criarlos! ¡Ahora dicen que tengo que cambiar! Si pudiera volver atrás, tomaría otro camino— Se grita ante el espejo.
Su voz se ahoga entre las palmas de las manos, que refriegan con fuerza su cara.
……………………………
Una tarde de otoño bajó del tren, y corrió hasta el banco de madera, de una plaza casi vacía.
Samanta se colgó de su cuello y lo besó. No lo dejó ni hablar. Lo besó largamente, como tomándole el aire que necesitaba, para hablarle de su embarazo.
Siempre recuerda ese momento, porque ahí dejó las inferiores de ese equipo grande. Tenía que trabajar. Por un tiempo pudo ganarse unos pesos en los regionales de provincia. La plata no alcanzaba y el suegro lo hizo entrar en Gurmendi, la fábrica de Piñeiro.
Cuando le anunciaron que el segundo hijo estaba en camino, ya no pudo entrenar y largó para siempre el fútbol profesional.
Camina como perdido entre esas cuatro paredes de madera. Entrecierra los ojos para ver una foto en la pared. La cara de un pibe lo mira risueño y sobrador. Está parado, sacando pecho, estirando la camiseta roja de “Los bichitos colorados”. Las medias blancas y un número en el pantalón. Su mente se pierde en el recuerdo. ¡Qué verde es el pasto, cuanta gente alrededor!. “¡Sos un genio pibe! ¡Vas a llegar muy lejos! ¡Mago!” Aplausos, muchos aplausos… Cierra los ojos y extiende sus brazos, al público, al cielo…
Ahora, su realidad es otra. Vive de changas y muchas de sus horas las pasa en el club. Le gusta hablar de los partidos de primera y tomar algo con los muchachos.
Los domingos, suele comerse un asadito en Barrancas al Sur y a la tarde, si lo ponen, corretea unos minutos en los partidos amateurs.
………………………………….
Están jugando contra Defensores del puerto. El técnico (para que despunte el vicio) lo pone un ratito, en el segundo tiempo.
—Entrá y hacete un gol, Juan. Metela como vos sabés. ¡Ganame este partido!- le dice al oído, mientras le palmea la espalda.
Le cuesta correr. La pelota no viene, pero él se acuerda de otros tiempos y la va a buscar. Por momentos tiene arranques magistrales, deja a todos con la boca abierta.
—Mirá, mirá como la mueve el gordo, dicen algunos en la tribuna. Otros repiten incansables, la vieja historia:
—En el setenta y seis lo quisieron fichar del club de la ribera. ¡Hasta lo querían llevar a la selección! Pero al gordo se lo tragaron la villa, las mujeres y el alcohol.
Juan abre la boca, toma aire a mordiscones y se cae. Desde que cerraron la fábrica, levantarse del piso, para él, es un intento cotidiano. Ahí va, casi arrastrándose hasta el área. Ve la pelota que viene de arriba, como llovida de ese cielo que lo abandonó de chiquito. Quiere poner la cabeza. Le cuesta saltar. Se apoya en el arquero, sube una mano y la toca. ¡Que importa una falta! ¡Tiene tantas! La gente grita. Todos corren y lo abrazan.
La noche enciende los faroles. Juan va cruzando el puente de La Noria. Camina como llevando una pelota entre los pies. Se hamaca, y se abraza a las columnas, como si fueran sus compañeros después de un gol.
Villa Fiorito lo recibe, con un brillo húmedo de zanjones y veredas desparejas. Está llegando y, al ver la luz de su puerta entreabierta, piensa: ¿Qué hubiese sido mi vida, con la mano de Dios?
Roberto Paniagua
domingo, 19 de octubre de 2008
EL CANJE
“…El hombre, siempre inacabado,
sólo se complementa cuando sale
de sí y se inventa… Sólo seremos
nosotros mismos, si somos capaces
de ser otro… Nuestra vida es
nuestra y de los otros…”
Octavio Paz
La ruta comenzó a borrarse tumbada por la noche. El limpia parabrisas desparramó el barro acumulado en los vidrio. Mi vista ya cansada, buscó en el pestañeo, el alivio de unas lágrimas. Esperaba apenas, una señal. El dibujo de un surtidor rojo y amarillo, que apareció después de una curva, renovó mi aliento. Sentí que era el lugar. Tendría que descansar ahí, si quería llegar bien, a mi destino.
Bajé del auto con el maletín y las carpetas. “Administrador de campos” se leía en la solapa. Para mí, un trabajo bien rentado; para otros, mucho dinero.
La estación de servicios se enquistaba en un pequeño cruce de caminos. Dos calles con faroles iluminaban, apenas, una hilera de casas semidormidas.
En el salón comedor, las sillas y las mesas se multiplicaban vacías, haciendo más frió el ambiente. Me sirvieron un café rebelde al paladar, pero caliente. Dejé que el humo desparramara el vapor haciendo dibujos sobre mi cara. Envolví el pocillo con mis manos, y dejé correr el tiempo. No me saqué el sobretodo. La ventana me devolvió una imagen redonda, aburguesada. Sentí vergüenza. Pasé mi mano por el pelo y mis dedos se perdieron entre las canas. Los años habían pasado, duros, marcándose en el cuerpo.
Un hombre delgado, de mediana estatura, vestido con jeans gastado y con una pobre campera marrón, eligió entre todas, mi mesa. Dejó su bolso sobre una de las sillas y se sentó frente a mí. Quedé sorprendido, no articulé palabras pero instintivamente acomodé el portafolio entre mis piernas. Contesté su saludo moviendo la cabeza. Me dijo que la charla daba calor y acortaba el tiempo. No contesté. Con la vista, me quedé hurgando en la noche.
—Espero un micro que llegará pronto—. Comentó con vos seca y segura. Luego habló algo de reencontrarse con un destino, que lo había olvidado en una provincia, hace muchos años.
Le presté atención cuando recordó a una mujer ofreciendo dos niños. Después, un tren que se alejaba. Tenía que ser uno. La comida, para dos no alcanzaba.
Con el tiempo él también se fue, pero la espera, le signó la pobreza.
Lo miré a los ojos. Estaba mencionado instantes que me pertenecían. Entonces sacó un papel. Lo extendió sobre la mesa, las letras encadenadas me nombraban varias veces. Fechas, hechos y lugares.
—¡Te eligieron a vos...., y yo me quedé! me recriminó, con voz ronca.
Lo miré de costado. Fue apenas, de refilón, pero note su boca desdentada.
Se inclino hacia mí, y agregó:
—Alguien tenía que canjear ese destino de miserias… ¡y me tocó a mí, cubrir tus espaldas!—
—A vos te eligieron para vivir las bonanzas— agregó, y vi dureza en su rostro.
—¡No...., si no fue fácil, no se vaya a creer! contesté, intentando una débil defensa.
Sus ojos, con cierto magnetismo, comenzaron a dominar la escena. Contó buena parte de mi vida y para mi sorpresa, no se equivocaba. Todo estaba ahí, lo bueno y algunas cosas malas. Eso sí, no me juzgó, solo atino a sonreír con la media sombra de su boca. Arqueó las cejas y su frente marcó varias rayas profundas, tan hondas, que me asustaron.
—¿Vos sabes algo de porqué me dejaron? Preguntó, casi como en un ruego. Quise contestar pero noté que mi lengua estaba muerta, no pude emitir palabras. Agaché la cabeza hasta ver mis manos sobre la mesa, estaban blancas y heladas.
Las luces de un micro, al llegar, movieron las sombras del estacionamiento. Lo vi yo, porque él estaba de espaldas. Su voz sonaba metálica y vibró en mis oídos.
–Estoy aquí porque vengo a buscar un vuelto, ¿sabes? ¡Me lo deben, y me lo voy a cobrar! Dijo envalentonado.
Entonces, algo frío invadió todo mi cuerpo, me sentí como mudado. Miré a los costados, busqué al mozo. Quería gritar, para que alguien me ayudara. Mi garganta no me respondió.
Inmóvil como estaba, miré a través de los vidrios.
Un hombre canoso, con largo sobretodo y carpetas en sus manos, llegó a mi auto. Lo abrió, encendió las luces y con leves movimientos, subió a la ruta y desapareció.
—Señor, si va a tomar el micro, le aviso que ya salimos— dijo el chofer, saliendo del baño.
En mi mano había un boleto. Me levanté, subí el cierre de la campera. Tomé el bolso que había sobre la silla, respiré hondo y caminé hasta el colectivo.
Roberto Paniagua
“…El hombre, siempre inacabado,
sólo se complementa cuando sale
de sí y se inventa… Sólo seremos
nosotros mismos, si somos capaces
de ser otro… Nuestra vida es
nuestra y de los otros…”
Octavio Paz
La ruta comenzó a borrarse tumbada por la noche. El limpia parabrisas desparramó el barro acumulado en los vidrio. Mi vista ya cansada, buscó en el pestañeo, el alivio de unas lágrimas. Esperaba apenas, una señal. El dibujo de un surtidor rojo y amarillo, que apareció después de una curva, renovó mi aliento. Sentí que era el lugar. Tendría que descansar ahí, si quería llegar bien, a mi destino.
Bajé del auto con el maletín y las carpetas. “Administrador de campos” se leía en la solapa. Para mí, un trabajo bien rentado; para otros, mucho dinero.
La estación de servicios se enquistaba en un pequeño cruce de caminos. Dos calles con faroles iluminaban, apenas, una hilera de casas semidormidas.
En el salón comedor, las sillas y las mesas se multiplicaban vacías, haciendo más frió el ambiente. Me sirvieron un café rebelde al paladar, pero caliente. Dejé que el humo desparramara el vapor haciendo dibujos sobre mi cara. Envolví el pocillo con mis manos, y dejé correr el tiempo. No me saqué el sobretodo. La ventana me devolvió una imagen redonda, aburguesada. Sentí vergüenza. Pasé mi mano por el pelo y mis dedos se perdieron entre las canas. Los años habían pasado, duros, marcándose en el cuerpo.
Un hombre delgado, de mediana estatura, vestido con jeans gastado y con una pobre campera marrón, eligió entre todas, mi mesa. Dejó su bolso sobre una de las sillas y se sentó frente a mí. Quedé sorprendido, no articulé palabras pero instintivamente acomodé el portafolio entre mis piernas. Contesté su saludo moviendo la cabeza. Me dijo que la charla daba calor y acortaba el tiempo. No contesté. Con la vista, me quedé hurgando en la noche.
—Espero un micro que llegará pronto—. Comentó con vos seca y segura. Luego habló algo de reencontrarse con un destino, que lo había olvidado en una provincia, hace muchos años.
Le presté atención cuando recordó a una mujer ofreciendo dos niños. Después, un tren que se alejaba. Tenía que ser uno. La comida, para dos no alcanzaba.
Con el tiempo él también se fue, pero la espera, le signó la pobreza.
Lo miré a los ojos. Estaba mencionado instantes que me pertenecían. Entonces sacó un papel. Lo extendió sobre la mesa, las letras encadenadas me nombraban varias veces. Fechas, hechos y lugares.
—¡Te eligieron a vos...., y yo me quedé! me recriminó, con voz ronca.
Lo miré de costado. Fue apenas, de refilón, pero note su boca desdentada.
Se inclino hacia mí, y agregó:
—Alguien tenía que canjear ese destino de miserias… ¡y me tocó a mí, cubrir tus espaldas!—
—A vos te eligieron para vivir las bonanzas— agregó, y vi dureza en su rostro.
—¡No...., si no fue fácil, no se vaya a creer! contesté, intentando una débil defensa.
Sus ojos, con cierto magnetismo, comenzaron a dominar la escena. Contó buena parte de mi vida y para mi sorpresa, no se equivocaba. Todo estaba ahí, lo bueno y algunas cosas malas. Eso sí, no me juzgó, solo atino a sonreír con la media sombra de su boca. Arqueó las cejas y su frente marcó varias rayas profundas, tan hondas, que me asustaron.
—¿Vos sabes algo de porqué me dejaron? Preguntó, casi como en un ruego. Quise contestar pero noté que mi lengua estaba muerta, no pude emitir palabras. Agaché la cabeza hasta ver mis manos sobre la mesa, estaban blancas y heladas.
Las luces de un micro, al llegar, movieron las sombras del estacionamiento. Lo vi yo, porque él estaba de espaldas. Su voz sonaba metálica y vibró en mis oídos.
–Estoy aquí porque vengo a buscar un vuelto, ¿sabes? ¡Me lo deben, y me lo voy a cobrar! Dijo envalentonado.
Entonces, algo frío invadió todo mi cuerpo, me sentí como mudado. Miré a los costados, busqué al mozo. Quería gritar, para que alguien me ayudara. Mi garganta no me respondió.
Inmóvil como estaba, miré a través de los vidrios.
Un hombre canoso, con largo sobretodo y carpetas en sus manos, llegó a mi auto. Lo abrió, encendió las luces y con leves movimientos, subió a la ruta y desapareció.
—Señor, si va a tomar el micro, le aviso que ya salimos— dijo el chofer, saliendo del baño.
En mi mano había un boleto. Me levanté, subí el cierre de la campera. Tomé el bolso que había sobre la silla, respiré hondo y caminé hasta el colectivo.
Roberto Paniagua
MANOS DE SAL
La figura de Silvio sobre una bicicleta era inconfundible. Acompasaba el pedaleo moviendo los hombros. Sus rodillas bajaban y subían como dos aspas al viento. En el porta paquete siempre llevaba dos baldes, cuchara, fratacho y nivel. Sus zapatos estaban eternamente vestidos en cal. Del manubrio colgaba una bolsa de tela blanca y, dentro de ella, la aromática tortilla que le preparaba Angelina, su mujer. En el fondo, envuelto en papel iba su manjar preferido: un trozo de queso parmiggiano y una botella de vino que había nacido en su propia parra.
Por la avenida que da a la costanera, entre obra y obra, se lo veía pasar varias veces al día. El rostro colorado de Silvio, desplegaba vida y amor por el trabajo. Cuando miraba mar adentro, dibujaba una sonrisa y hasta dicen que movía la cabeza, en un saludo a la distancia, que solo él conocía.
Con nostalgia recordaba sus primeras construcciones, especialmente, aquellas que desde un andamio le permitía ver el verde profundo del agua, con ese brillo refulgente que era un aliento a su trajín. Cuando se sentía cansado, de su garganta salían canzonettas napolitanas, que renovaban su fuerza. No hacía falta reloj, trabajaba hasta que se iba el sol.
Los domingos a la tarde le gustaba ir con su mujer y sus dos hijos, a recorrer los barrios, y así, poder mostrar “sus construcciones”. El paseo siempre terminaba en la playa. Con los pies casi tocando el agua, erguía su cuerpo y extendiendo los brazos señalaba el horizonte. Ponía el dedo justo donde el mar se junta con el cielo. “Hay que seguir esa línea y después doblar a la izquierda. Manteniéndose así tres semanas llegaríamos donde están sus abuelos”. Angelina, movía su cabeza afirmativamente y mirando a sus hijos, con un pañuelo secaba esas lágrimas que le daban vida al recuerdo. El acto final quedaba en Silvio, que hundiendo las manos en el agua y, tratando de pescar la espuma blanca, mojaba su cabeza, haciendo brillar el pelo que iba dejando de ser rubio. Después todos corrían por la arena, marcando las huellas en una sola dirección: La torta de Angelina que esperaba en la casa.
Lentamente los cambios se fueron sucediendo. La edificación en Punta Mogotes le fue quitando la visión directa con el mar. La humedad fue pegando sus huesos con las articulaciones. Una gorra suplantó el pelo que ya era blanco. Su nombre se fue perdiendo en la urbe del barrio. Los hijos, eligieron otras zonas para exhibir sus títulos.
Angelina, un día fue a la quinta y se quedó entre las cañas.
Envueltos en su delantal encontraron tomates, chauchas y mucha eternidad.
Silvio bajó los médanos despacio. Sus pies marcaron la arena. El mar se había puesto gris oscuro y como un gigante movía los brazos demostrando toda su fuerza.
El viejo Napolitano dejó el bastón, y como si pisara un templo se quitó los zapatos, dejó los anteojos sobre el saco y se agachó para mojar su frente.
Miles de resortes se movieron en su cerebro. Vio toda su vida, y divisó su pueblo. Se tomó fuerte de la manos de sal, que lo invitaba a saltar. Y cantando “Torna a Surriento”, se mezcló con el mar.
Roberto Paniagua
La figura de Silvio sobre una bicicleta era inconfundible. Acompasaba el pedaleo moviendo los hombros. Sus rodillas bajaban y subían como dos aspas al viento. En el porta paquete siempre llevaba dos baldes, cuchara, fratacho y nivel. Sus zapatos estaban eternamente vestidos en cal. Del manubrio colgaba una bolsa de tela blanca y, dentro de ella, la aromática tortilla que le preparaba Angelina, su mujer. En el fondo, envuelto en papel iba su manjar preferido: un trozo de queso parmiggiano y una botella de vino que había nacido en su propia parra.
Por la avenida que da a la costanera, entre obra y obra, se lo veía pasar varias veces al día. El rostro colorado de Silvio, desplegaba vida y amor por el trabajo. Cuando miraba mar adentro, dibujaba una sonrisa y hasta dicen que movía la cabeza, en un saludo a la distancia, que solo él conocía.
Con nostalgia recordaba sus primeras construcciones, especialmente, aquellas que desde un andamio le permitía ver el verde profundo del agua, con ese brillo refulgente que era un aliento a su trajín. Cuando se sentía cansado, de su garganta salían canzonettas napolitanas, que renovaban su fuerza. No hacía falta reloj, trabajaba hasta que se iba el sol.
Los domingos a la tarde le gustaba ir con su mujer y sus dos hijos, a recorrer los barrios, y así, poder mostrar “sus construcciones”. El paseo siempre terminaba en la playa. Con los pies casi tocando el agua, erguía su cuerpo y extendiendo los brazos señalaba el horizonte. Ponía el dedo justo donde el mar se junta con el cielo. “Hay que seguir esa línea y después doblar a la izquierda. Manteniéndose así tres semanas llegaríamos donde están sus abuelos”. Angelina, movía su cabeza afirmativamente y mirando a sus hijos, con un pañuelo secaba esas lágrimas que le daban vida al recuerdo. El acto final quedaba en Silvio, que hundiendo las manos en el agua y, tratando de pescar la espuma blanca, mojaba su cabeza, haciendo brillar el pelo que iba dejando de ser rubio. Después todos corrían por la arena, marcando las huellas en una sola dirección: La torta de Angelina que esperaba en la casa.
Lentamente los cambios se fueron sucediendo. La edificación en Punta Mogotes le fue quitando la visión directa con el mar. La humedad fue pegando sus huesos con las articulaciones. Una gorra suplantó el pelo que ya era blanco. Su nombre se fue perdiendo en la urbe del barrio. Los hijos, eligieron otras zonas para exhibir sus títulos.
Angelina, un día fue a la quinta y se quedó entre las cañas.
Envueltos en su delantal encontraron tomates, chauchas y mucha eternidad.
Silvio bajó los médanos despacio. Sus pies marcaron la arena. El mar se había puesto gris oscuro y como un gigante movía los brazos demostrando toda su fuerza.
El viejo Napolitano dejó el bastón, y como si pisara un templo se quitó los zapatos, dejó los anteojos sobre el saco y se agachó para mojar su frente.
Miles de resortes se movieron en su cerebro. Vio toda su vida, y divisó su pueblo. Se tomó fuerte de la manos de sal, que lo invitaba a saltar. Y cantando “Torna a Surriento”, se mezcló con el mar.
Roberto Paniagua
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