LOS ZAPATOS DEL CAMINO
-No puedo más, dije mirando la computadora. Mi voz sonó cansada, casi como un ruego.
Alicia, que me había escuchado desde su escritorio vecino, terminó de escribir algo y me miró con cara interrogante.
-¿Y ahora, Marcelo, qué te pasa?
En una expresión de rabia dije: -¡Es que hoy, hace siete años que estoy metido en esta cueva!
Sus labios se estiraron detrás del rimel y con una risita burlona agregó:
-Y que querés, ¿que te cantemos el feliz cumpleaños?
-No jodás vos también. Quisiera irme de viaje y no volver nunca más, le retruqué, molesto.
-¿y de qué pensás vivir…? Insistió, fastidiada.
-Si esto es vivir… ¡prefiero colgarme de una palmera por el resto de mi vida! añadí, con bronca.
-Si, claro. Y tu mujer y los chicos pueden juntar cocos en la playa…, dale, seguí escribiendo, que en media hora nos toca el refrigerio. Concluyó diciendo, mientras miraba nuevamente su computadora.
Nervioso, busqué una ficha en un cajón y como no la encontré, lo cerré con fuerza. Vi de reojo, cuando algunos compañeros movían sus cabezas de lado a lado y se hicieron señas, para dejarme tranquilo.
De seguir así voy a volverme loco, pensé, golpeando con un puño el escritorio.
Para llegar a la oficina tomo un tren que me deja en constitución. Es común que algún desperfecto me demore en cualquier parte del trayecto. Me acostumbré a ello y creo que eso es lo peor. Siento el ruido de los vagones que van frenando su marcha. Noto que nos detenemos en una estación intermedia. No me asombro y me abandono a la espera.
Veo, en uno de los bancos del andén, a un vagabundo que toma mate con un jarrito de lata y una cañita en forma de bombilla. El agua la sirve, desde una pava negra de hollín. Lo toma con un gesto de sabor riquísimo, inflando sus cachetes para que el líquido recorra todo el paladar. Cada tanto le dirige la palabra a un interlocutor imaginario. Se toma tiempo para mirar a su acompañante a los ojos y por momentos, parece esperar la respuesta, a las cuales, asiente o, en su defecto, niega enfáticamente con la cabeza.
Se inclina sobre su hombro y con una sonrisa, parece rogar un acuerdo. Conseguido su propósito, extiende uno de sus brazos y marca, en forma ampulosa, una distancia que parecen dibujar los valles y montañas, que a sus ojos, los rodea. Luego se encorva y simula recoger una flor, que con gesto noble ofrece a su acompañante. El hombre no ahorra detalles y viendo, que no se lo aceptan, con mueca de pena lo apoyó en el banco, entre los dos. Se sirve agua nuevamente y posa los codos sobre sus rodillas. Abstraído en su pensamiento, absorbe lentamente de la bombilla, como si el agua estuviese caliente. Algo parece llamar su atención y se mira los pies. Entonces, haciendo palanca con uno de ellos, se quitó un zapato, y luego, con los dedos de éste, se quitó el otro. Las medias, bastantes agujereadas, difieren de colores, una es negra y la otra blanca.
Apoyado contra el banco como está, estira las piernas y mueve los dedos de los pies, como si con ellos rozara el teclado de un piano. Una amplia sonrisa se dibuja en sus labios y hamacando su cabeza acompaña las notas, mientras que sus ojos, se pierden mirando el cielo. Infla su pecho ávidamente, tan fuerte, que éste, parece escaparse del saco raído, manchado de grasas, apenas cruzado por una desmechada cuerda. Luego de un rato, extiende una de sus manos y, en un movimiento infantil, salpica el piso con agua fresca, que parece llegar de un arroyo saltarín, que baja de las sierras. Su cara es una galería de sensaciones. Ahora dibuja una expresión de sorpresa e insiste con las flores; las levanta a la altura del rostro de su acompañante. Es cortes con sus movimientos, esboza una renovada sonrisa y con los ojos, un gesto de agradable insistencia. Algo debe haber sucedido. Se quedó mirando el espacio y de pronto, sus labios dibujan un beso que parece sellar un acuerdo. Deja el mate a su lado y con sus dos manos toma las de su acompañante. Ya no caben dudas que son, las de una hermosa mujer. Los dos se ayudan a levantarse y, apoyados en sus brazos, comienzan a caminar lentamente. Me parece que se mueven sin pisar el suelo, sus figuras levitan majestuosas. Miro el banco, ahí quedan el mate y la pava, testigos silenciosos de dos adorables vidas. El tren comienza a moverse, y entonces los veo: “los zapatos del hombre, quedan olvidados en el andén”. Abro la ventanilla y le grito: ¡Señor, señor…, los zapatos…! Levanta una de sus manos y con un dedo se toca la cabeza y me contesta: ¡no importa, todo lo que necesito está aquí…!
Al bajar en Constitución, cruzo el hall central y me encamino al Subte. La vidriera de un negocio refleja mi rostro… me sorprende la sonrisa que se dibuja en mi cara.
Roberto Paniagua
martes, 21 de octubre de 2008
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