sábado, 30 de agosto de 2008

El reflejo de Mariquita

Una foto con marco ovalado cuelga de la pared. Hace muchos años un pintor coloreó de celeste los ojos de la niña, que en realidad después fueron grises. La cabellera rubio dorado, cae perpetua hasta los hombros, que están cubiertos por un vestido azul noche, que deja ver el cuello de una blusa clara con lunares rojos.
-Siempre recuerdo las manos suaves de mamá -dice Mariquita, mientras prepara el té.- Vos Inés, ¿te acordás?
Mariquita ve a Inés moviendo la cabeza, suavemente, como empujada por el viento que se filtra por el marco de la ventana. Deposita la bandeja sobre la mesa y mirando el sillón agrega:
-Me peinaba solamente por la tarde; menos que a vos ¡Yo siempre fui más obediente! ¿Verdad?
Mariquita sonríe al ver que Inés acepta su punto de vista sin decir palabra.
La tarde tiñe la habitación de un amarillo que rápidamente se convierte en ocre, para luego, dormirse en sepia.
El humo de la tetera, libre, arma y desarma imágenes que el tiempo no quiere medir.
Solamente una cuchara carga el azúcar que se espuma en el té.
-Yo la cuidé tanto ¡Pobrecita! Claro... ¡mientras vos viajabas con ese militar tan apuesto! ¿Se llamaba Andrés, verdad? Te odio por eso: ¡porque viviste lo que yo no pude vivir!
La boca de la noche devora, uno a uno, los muebles de la casa.
Mariquita, animada por el silencio de Inés se inclina sobre la mesa y, entre dientes, dice:
-¡Tu piel es sólo el producto de las cremas que te has puesto! En cambio yo, con la ropa, los pisos, el cuidado de mamá, ¿qué piel voy a tener? Si fui una esclava toda mi vida. ¡Vos lo sabes bien!
El vidrio de la foto refleja un brillo que ya es de luna. Y los ojos de la niña, en una mirada fugaz, muestran una rápida chispa de vida.


Un ruido a pocillo que se parte en el piso, corta la conversación.

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Encontraron veneno en la jarra de té. Los vecinos dijeron que la anciana vivía sola desde la muerte de su madre.
Un pariente lejano, después de reconocer el cadáver, comentó que ella siempre tuvo dos obsesiones: una hermana imaginaria y su propia imagen enmarcada, donde nunca envejeció.

Loco frío de Junio

La tarde, húmeda y fría, matizan de gris las calles Quilmeñas.
Un Rastrojero azul viene cruzando por Andrés Baranda. La marcha peronista va despertando al barrio. Son los muchachos del Sindicato Cervecero. Han puesto un parlante sobre la cabina y pasan anunciando, en breve, la visita del General.
“El loco Crispino” va sentado atrás, con las piernas flacas y largas rozando el paragolpe. Cada tanto de una bolsa arroja volantes a la calle. Los chicos, que corren detrás de la camioneta, alzan sus manos al viento, aferrando los folletos que vuelven a tirar; al aire, a la vida, a la historia.
Sobre un papel de fondo blanco, en letras negras, se lee:
PERÓN ES EL PUEBLO Y EVITA VIVE EN NUESTRO CORAZÓN.
Crispino trabaja por la mañana en la cervecería. A la tarde, después de dormir la siesta, sale a barrer las calles y pinta (de blanco) las bases de todos los árboles que va cruzando a su paso.
-Cuando venga Perón, tiene que ver un barrio lindo, todo pintadito y con gente feliz- dice, mientras trabaja en los frentes de las casas.
El vecino que quiere, lo ayuda; otros, lo miran indiferentes; él nunca pide nada. Algún muchachón que pasa en bicicleta, para contrariarlo, le grita: “Viva los Radicales”, y Crispino se enoja, lo putea y por lo bajo le contesta: - ¡pero si vos conociste los zapatos gracias a Perón!
Crispino es soltero, cuarentón y peronista. Quienes lo ven medio loco no están errados, algo le falta, pero sus neuronas le alcanzaron para entrar a la cervecería como obrero de mantenimiento.
Las chicas del barrio, respetuosamente, se mantienen sin interés en casarlo. Pero todas lo quieren de una forma especial.

Él siempre cuenta, que se mojó los pies en la fuente de La Plaza de Mayo en aquel octubre del cuarenta y cinco. Que habían ido con el tranvía veintidós, hasta Avellaneda. Cruzaron el riachuelo en botes y de ahí, caminaron hasta la Casa de Gobierno. Se habían juntado con los obreros de Berisso, los de Cipriano, y gritaron sin parar durante horas “PERÓN, PERÓN.....”, hasta que se quedaron sin voz. O hasta que el Coronel desde el balcón los mandó a sus casas. Que todo iba a estar bien dijo, y él entendió, que el obrero se había despertado “para vivir eternamente en libertad”.

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Alguien hace sonar la sirena de la fábrica. Hay alboroto. Son las diez de la mañana. Muchos se miran sin entender que pasa. Pronto se forman brigadas obreras para hablar con la patronal. Se corre el rumor que quieren voltear a Perón. Un jefe gorila da la orden de no abrir los portones. Pasan sobre él. Se van cargando los camiones de reparto. Al chofer que no quiere colaborar, lo empujan y otro ocupa su lugar. El griterío es ensordecedor: “…todos a plaza de Mayo, hay que defender al General...”
Se pliegan al movimiento miles de trabajadores.
Van por la avenida Mitre, hacia la Capital. Cuando llegan a Crucecita, antes de Avellaneda, unos aviones pasan rasantes. Dicen que son de la marina. Se escuchan ráfagas de ametralladoras. Algunos obreros saltan de los camiones y comienzan a volver.
Crispino grita para darse coraje. Cuando el camión en el que va, cruza el puente Pueyrredón, empieza a putear a los milicos traidores y a esos aviones, que ahora vacían sus panzas cargadas con odio y bombas de verdad.
Con una mano sostiene la gorra de lana que lleva puesta, cómo si con ella pudiese espantar todo el peligro que los envuelve este dieciséis de junio del cincuenta y cinco. Va con todo su cuerpo asomado. Con el mameluco gris manchado de pintura, de grasa, de trabajo y de un fuerte olor a cebada. Su cuerpo flamea con locura, …va, para salvar al General.
Toman por Montes de Oca y luego suben por la Diagonal.
Está nublado y hace frío. Es mediodía, La Casa Rosada parece herida ¡el balcón está vacío! ¿Será temprano todavía?
Crispino ve la plaza, el humo y corre; corre... hasta el fuego que lo abraza.

Cuestión de respeto

Secó su frente con un pañuelo ya mojado de transpiración. Había retirado la última palada de la madrugada. Luego de colocarlo en un canasto, limpió el horno de ladrillos y barrió toda la cuadra de la panadería. Se bañó y le dijo a la empleada del local, que si lo necesitaban, le avisaran a la tarde. El sol ya extendía sus rayos, amarilleando esos techos bajos, de un barrio que caprichoso, se resiste a crecer.
Al cruzar el terraplén de las vías, mientras se arremangaba la camisa, dio paso a un joven que venía levantando su bicicleta y, lo saludó por cortesía. El muchacho, como asustado, movió la cabeza y bajó la visera de su gorra en un breve movimiento, que no alcanzó a tapar su rostro lampiño. Es bueno que los jóvenes salgan a trabajar temprano, pensó. No como esos, que se la pasan chupando todo el día.
Encontró a su mujer aún durmiendo y se acostó a su lado. La noche había sido larga de trabajo, sino, hubiese acariciado ese cuerpo caliente y desnudo que apenas tapaba la sábana. Acostumbraba a levantarse antes de la una, para despedir a sus dos hijos, que a esa hora iban al colegio. -¡Qué rápido que están creciendo!- les dijo, mientras los besaba.
Cuando Elvira volvió de acompañar a los chicos, se puso a lavar los platos, y él, le cebó unos mates. Casi en un arrebato le acarició los hombros. Había descansado bien y rogaba que no lo llamaran para la changa de la tarde.
Se apoyó en la espalda de su mujer y quiso detenerle los brazos, que
Inquietos, se movían en la pileta.
-No, no, no…, que después pierdo toda la tarde. Tengo que ir al súper, ¡falta de todo!- dijo ella, sacudiendo el cuerpo.
Ricardo cebó otro mate y lo tomó despacio. Sentado nuevamente a la mesa, le miró las caderas. Esas calzas eran muy ajustadas, pensó, pero no lo dijo.
-Esta mañana estabas muy calentita, casi te despierto...- expresó con voz ronca.
-Estaba agotada. Jimi tosió toda la noche y no dormí bien. Ni te escuché cuando te acostaste- Elvira secó sus manos con un repasador y luego preparó las bolsas.
-Ahora estoy descansadito y no hay problemas de que los chicos escuchen. ¡Hace tanto que no te siento gemir...! Ricardo se sorprendió al escucharse decir tal cosa. Le dio vergüenza y se levantó para poner la pava nuevamente al fuego. Vio que Elvira (esquivándolo) tomaba el monedero y salía rápido, sin decir nada.
Con el mate en la mano caminó por el fondo. Imaginó el patio y un sendero de cemento, que iba a hacer con el próximo cobro. Notó que nuevamente el alambrado del fondo estaba roto. -¡Perros de mierda!-, dijo, mirando la casa del vecino.
Nueve años construyendo esa casa. Esperando el asfalto, el gas y que algún colectivo los dejara por lo menos a unas cuadras. Elvira le pedía cerámicos en la cocina, un lavadero cerrado y unas vacaciones en verano. ¡Que los chicos no conocían ni las sierras ni el mar! -En esa panadería sucia no te pagan ni las extras-, repetía cuando se ponía insoportable.
–Ya va a cambiar…, ya todo va a cambiar- se escuchaba decir sin convicción.
Le gustaba su oficio; el pan no faltaba en la mesa y de esta forma, el hambre había dejado, hace rato, de golpearles la puerta. Se le hacía difícil el horario. Cuando muchos vecinos se levantaban, él, camino a casa, entrecerraba los ojos para que el sol no le quemara el sueño.
De tanto en tanto se cruzaba con el joven de la bicicleta, en el terraplén o cerca de la estación. Lo que no podía lograr, era su saludo. Chúcaro el pobre, pensó. Cada vez peor, hoy quiso tocarle el manubrio y el muchacho dio un salto. Le pareció escuchar un grito. Jamás pensó que él podría asustar a alguien, la sola ocurrencia, le dio risa.
Elvira salía del baño y al verlo, ofreció cebarle unos mates. Él recordó ese camisón plateado que ahora le quedaba un poco ajustado y la abrazó.
–No, no jodas, los chicos..., intentó frenarlo, molesta.
Ricardo no aflojó su presión y la tiró en la cama. Esa cama revuelta, que parecía recibirlos en un silencio plomizo y en una mañana, que justo amenazaba tormenta. Los golpes del agua sobre el techo de chapas, ahogaron la respiración agitada de Ricardo, que al estirar la cabeza hacia el respaldo, vio los ojos de Elvira, mirando más allá de la cortina de la pieza. Al descubrir la cara interrogante de su marido, balbuceó –Tengo miedo de que vengan, ¿viste...?-.
Cuando pudo desanudar los cuerpos, Ricardo se secó el miembro con la camisa y se abandonó sobre el colchón, para introducirse en un sueño pesado, de deudas, reproches y como siempre, en esa caída a un pozo, donde por más que braceaba no encontraba los bordes, ni el fondo, para poder salir.
El corte de luz fue general. Trabajó hasta que se apagó el resplandor de la última leña y dejó dicho que vendría a la tarde, para limpiar y acomodar todo.
La luna y cuatro estrellas le decían que la noche tardaría un rato todavía. Cruzó las vías y se fue metiendo en el barrio. Notó, que cada vez tardaba más en secarse el barro, después de las lluvias.
Dejó la campera sobre una silla y corrió la cortina de la pieza.
Le parecieron más gordas las piernas abiertas de Elvira. Arqueaba la cintura y sus brazos empujaban hacia adentro una figura casi invisible. La escuchó gemir. Gemía como antes. Con esa risa intermitente, aguda. Parecía una gata herida.
Cuando sus ojos vencieron las tinieblas lo reconoció. Era el muchacho del terraplén. Entonces entendió porqué, al cruzarlo, el joven no lo saludaba.