Secó su frente con un pañuelo ya mojado de transpiración. Había retirado la última palada de la madrugada. Luego de colocarlo en un canasto, limpió el horno de ladrillos y barrió toda la cuadra de la panadería. Se bañó y le dijo a la empleada del local, que si lo necesitaban, le avisaran a la tarde. El sol ya extendía sus rayos, amarilleando esos techos bajos, de un barrio que caprichoso, se resiste a crecer.
Al cruzar el terraplén de las vías, mientras se arremangaba la camisa, dio paso a un joven que venía levantando su bicicleta y, lo saludó por cortesía. El muchacho, como asustado, movió la cabeza y bajó la visera de su gorra en un breve movimiento, que no alcanzó a tapar su rostro lampiño. Es bueno que los jóvenes salgan a trabajar temprano, pensó. No como esos, que se la pasan chupando todo el día.
Encontró a su mujer aún durmiendo y se acostó a su lado. La noche había sido larga de trabajo, sino, hubiese acariciado ese cuerpo caliente y desnudo que apenas tapaba la sábana. Acostumbraba a levantarse antes de la una, para despedir a sus dos hijos, que a esa hora iban al colegio. -¡Qué rápido que están creciendo!- les dijo, mientras los besaba.
Cuando Elvira volvió de acompañar a los chicos, se puso a lavar los platos, y él, le cebó unos mates. Casi en un arrebato le acarició los hombros. Había descansado bien y rogaba que no lo llamaran para la changa de la tarde.
Se apoyó en la espalda de su mujer y quiso detenerle los brazos, que
Inquietos, se movían en la pileta.
-No, no, no…, que después pierdo toda la tarde. Tengo que ir al súper, ¡falta de todo!- dijo ella, sacudiendo el cuerpo.
Ricardo cebó otro mate y lo tomó despacio. Sentado nuevamente a la mesa, le miró las caderas. Esas calzas eran muy ajustadas, pensó, pero no lo dijo.
-Esta mañana estabas muy calentita, casi te despierto...- expresó con voz ronca.
-Estaba agotada. Jimi tosió toda la noche y no dormí bien. Ni te escuché cuando te acostaste- Elvira secó sus manos con un repasador y luego preparó las bolsas.
-Ahora estoy descansadito y no hay problemas de que los chicos escuchen. ¡Hace tanto que no te siento gemir...! Ricardo se sorprendió al escucharse decir tal cosa. Le dio vergüenza y se levantó para poner la pava nuevamente al fuego. Vio que Elvira (esquivándolo) tomaba el monedero y salía rápido, sin decir nada.
Con el mate en la mano caminó por el fondo. Imaginó el patio y un sendero de cemento, que iba a hacer con el próximo cobro. Notó que nuevamente el alambrado del fondo estaba roto. -¡Perros de mierda!-, dijo, mirando la casa del vecino.
Nueve años construyendo esa casa. Esperando el asfalto, el gas y que algún colectivo los dejara por lo menos a unas cuadras. Elvira le pedía cerámicos en la cocina, un lavadero cerrado y unas vacaciones en verano. ¡Que los chicos no conocían ni las sierras ni el mar! -En esa panadería sucia no te pagan ni las extras-, repetía cuando se ponía insoportable.
–Ya va a cambiar…, ya todo va a cambiar- se escuchaba decir sin convicción.
Le gustaba su oficio; el pan no faltaba en la mesa y de esta forma, el hambre había dejado, hace rato, de golpearles la puerta. Se le hacía difícil el horario. Cuando muchos vecinos se levantaban, él, camino a casa, entrecerraba los ojos para que el sol no le quemara el sueño.
De tanto en tanto se cruzaba con el joven de la bicicleta, en el terraplén o cerca de la estación. Lo que no podía lograr, era su saludo. Chúcaro el pobre, pensó. Cada vez peor, hoy quiso tocarle el manubrio y el muchacho dio un salto. Le pareció escuchar un grito. Jamás pensó que él podría asustar a alguien, la sola ocurrencia, le dio risa.
Elvira salía del baño y al verlo, ofreció cebarle unos mates. Él recordó ese camisón plateado que ahora le quedaba un poco ajustado y la abrazó.
–No, no jodas, los chicos..., intentó frenarlo, molesta.
Ricardo no aflojó su presión y la tiró en la cama. Esa cama revuelta, que parecía recibirlos en un silencio plomizo y en una mañana, que justo amenazaba tormenta. Los golpes del agua sobre el techo de chapas, ahogaron la respiración agitada de Ricardo, que al estirar la cabeza hacia el respaldo, vio los ojos de Elvira, mirando más allá de la cortina de la pieza. Al descubrir la cara interrogante de su marido, balbuceó –Tengo miedo de que vengan, ¿viste...?-.
Cuando pudo desanudar los cuerpos, Ricardo se secó el miembro con la camisa y se abandonó sobre el colchón, para introducirse en un sueño pesado, de deudas, reproches y como siempre, en esa caída a un pozo, donde por más que braceaba no encontraba los bordes, ni el fondo, para poder salir.
El corte de luz fue general. Trabajó hasta que se apagó el resplandor de la última leña y dejó dicho que vendría a la tarde, para limpiar y acomodar todo.
La luna y cuatro estrellas le decían que la noche tardaría un rato todavía. Cruzó las vías y se fue metiendo en el barrio. Notó, que cada vez tardaba más en secarse el barro, después de las lluvias.
Dejó la campera sobre una silla y corrió la cortina de la pieza.
Le parecieron más gordas las piernas abiertas de Elvira. Arqueaba la cintura y sus brazos empujaban hacia adentro una figura casi invisible. La escuchó gemir. Gemía como antes. Con esa risa intermitente, aguda. Parecía una gata herida.
Cuando sus ojos vencieron las tinieblas lo reconoció. Era el muchacho del terraplén. Entonces entendió porqué, al cruzarlo, el joven no lo saludaba.
sábado, 30 de agosto de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario