viernes, 26 de noviembre de 2010

EN EL DIA INTERNACIONAL DE LA ELIMINACION DE LA VIOLENCIA CONTRA LA MUJER


UN VIAJE ANUNCIADO (de Roberto Paniagua)

Entré a la pieza a buscar un bolso. No sabía que ropa iba a poner, pero rápidamente calculé en un par de mudas, o algo más, si me daba el tiempo. Ropa interior, camisón, remeras, blusas. Cuando me dí vuelta para elegir un pantalón, lo vi. Eduardo estaba apoyado en el marco de la puerta.
— Elba ¿dónde vas? Me dijo con voz seca y noté una mueca burlona en sus labios.
Un frío eléctrico recorrió mi columna. Saqué fuerza para contestar.
— Tengo que verla, cuidarla, me necesita, es chica todavía.
— Es una maleducada ¡no respeta mis órdenes! Dejala que aprenda, ya va a volver mansita, en cuanto no tenga para comer y comprarse esas ropas de marca que exige...
— Eduardo, vos no entendés, esto no es un capricho, se fue porque no puede vivir más con tus gritos, tus desprecios y tu altanería... ¡Vivís diciendo ésta casa es mía, aquí mando yo. Al que no le gusta que se vaya...! y bueno... se fue.
— Y a vos Elba ¿quién te importa más, ella o tu marido?
— La “familia” me importa, Eduardo. Cada uno tiene que ocupar un lugar. Oprimidos no somos nada... ni esposos ni hijos ni nada. No puedo dormir aquí, con una hija en la calle ¿lo ves claro?
— Yo me rompí el culo toda la vida... ¿para qué? ¿para esto? Para ver que mi mujer se va corriendo detrás del capricho de una mocosa malcriada...
Me di cuenta que ya estaba en bajada, iba a estrellarme y no quería guardarme nada, así que lo miré y lo dije:
—Te sacrificaste, lo sé, pero fue para tener poder en lo tuyo y aplicarlo aquí adentro... Someternos día tras día. Decime ¿nunca te diste cuenta que ya nos nos querías? ¡Que si no éramos tu plastilina ya no te servíamos...!
En una fracción de segundos vi sus nudillos y el anillo de su padre que se agrandaba ante mis ojos. El golpe de puño en la frente fue seco, nubló todo a mi alrededor. Mis rodillas se aflojaron y caí al piso.
Me desperté con sus besos, con lágrimas mojando mi cara y con esa voz de niño que ponía cuando estaba realmente sin saber que hacer. ¿Cuántas veces había vivido esta situación? ¿Cuántos expedientes figuraban en la comisaría? Y esa vez, que escuché detrás de la puerta cuando el Comisario le decía:
— Vamos Ingeniero... un poco de voluntad... Sé que a las mujeres a veces les hace falta un poco de rigor, pero no se pase, esto puede ponerse feo ¿No le parece?
Después me pareció que tosían, pero no. Eran risitas ahogadas... de los dos.
Lo empujé como pude y me levanté. Agarré el bolso y caminé hasta el living. Busqué las llaves. Apenas veía con un solo ojo.
— Si te vas ¡aquí no volvés mas...!
— ¡Me voy, vos no vas a cambiar nunca, necesito terminar con este tormento!
Al poner la llave en la puerta sentí un ardor frió en la espalda. Luego otro, en el brazo que tenía la llave. Al darme vuelta vi el cuchillo de caza mayor en su mano. Entonces me di cuenta que para el viaje ya no me haría falta el bolso. Pensé en Patricia, en que esté donde esté, la iba a cuidar...

domingo, 4 de julio de 2010

CONCILIACION OBLIGATORIA

Después de subir los escalones del subte llegué a la plaza. El aire era distinto, busqué un banco y me detuve un rato bajo la sombra de un árbol. Uno tiende a sentirse pequeño entre tanta gente desconocida. Quizás me tendría que haber vestido mejor. Es que salí de casa a las escondidas, no le dije nada a Ramona de esta entrevista con los abogados de la empresa. Conciliación obligatoria la llaman. Obligación para mí, ventaja para ellos. Apagué el pucho con la suela del zapato y me levanté. Acomodé la campera sobre mi brazo, la encontré desubicada ante el fuerte sol de la mañana.
Volví a mirar la dirección anotada en el papel y me encaminé a la oficina que me habían citado.

En los noventa la industria y el trabajo se caían como casita de naipes. Entonces me entré a desesperar. Qué iba a hacer en el barrio si nadie tenía un peso.
Desde que cerraron la fábrica de autopartes que no lograba agarrar algo estable. Todas changas nomás. Mi fuerte era la chapa, pero siempre hice de todo.

—Con vos estamos seguros, nunca nos va a faltar de comer, decía Ramona para agradecer mi esfuerzo.


—Alejo, usted que sabe, ¿no me hace un pilarcito para la luz? me dijo una vecina de la cuadra. No le pude decir que no, aunque sea, la tarea me entretenía.

Un amigo me llevó a una constructora de Caballito. Me tomaron de albañil. Me las rebusco con la cuchara y el balde. A mi lo que me gusta es trabajar. No me importa la distancia y el sacrificio. Yo voy donde está el trabajo.
El tren de las siete para ir al centro y el de las dieciocho para volver a Merlo es infernal, peor que animales viajamos. Todos los días igual.
Con Ramona siempre dijimos:
—“primero están las nenas”, después nosotros.
Qué rápido se pasa el tiempo. La vida te acomoda las cosas a su antojo. Ahora soy abuelo, la mayor tiene un nene. Lo que no me vino es con yerno. La familia se agranda. Para mí no hay diferencia. Hay que trabajar.

El portero se me paró de frente y me puso una mano en el pecho.
—¿Dónde va? me dijo con voz seca y firme ¿por qué usarán ese tono tan despectivo con uno? ¿Estaré tan mal trazado? Le mostré el papel y me señaló el ascensor de la derecha.
—Cuarto, oficina 417 agregó, y ya estaba ocupado en pechar a otro.
El espejo del ascensor me devolvió un rostro de sesenta largos años, yo diría que parecía más viejo. Tenía miedo en la mirada. Me di cuenta enseguida. Uno está con los ojos agrandados, como buscando algo que no se ve.

—¿Cómo que no hay forma de reconocer los catorce años que trabajé para ellos? Les dije asombrado
—¿qué dijeron los dueños…?
—¡Que lo compruebe con recibos…!
—Doctora, qué recibos voy a mostrar si en la oficina no me daban nada.
El secretario de la abogada inclinó la cabeza hacia mi y me dijo:
—No levante la voz caballero, no hay necesidad.
Me callé pero entré a mirarlos viscoso, de costado, con recelo.
Ahora la mujer comenzó a mover sus labios rojos
—Visto el expediente, le aconsejo aceptar el dinero ofrecido por la empresa, que son… que son…
La vi revolver unas hojas, hasta que dijo:
—El cheque será por dos mil ochocientos pesos, menos el descuento de nuestros aranceles. Lo podrá cobrar inmediatamente, o sea… dese una vueltita la semana que viene, o mejor, llame primero para ver si el cheque está refrendado…
Con el dinero del acuerdo pensaba agregarle una pieza más a la casa y mejorar el baño. No importaba que no pudiese hacerme un viaje a Corrientes y ver a mi vieja, quizás en sus últimos días. Lo que más me molestaba era tener que decirle a Ramona que con lo del acuerdo, no íbamos a poder hacer nada.
Tomé aire y comencé a hablar como si no fuera yo, una voz lejana se me había instalado en la boca. No sé qué me pasó.
—Mire Doctora yo creo que ustedes me están cagando… lo dije mientras me movía nervioso en la silla.
—Cómo se atreve ¡maleducado…! gritó la abogada levantándose del sillón y agitando los pechos por el escote.
El secretario se había quedado quieto, me pareció que tenía una sonrisa en la boca y luego se la tapó con la mano, como ahogando una carcajada.
Sentí el cuerpo transpirado y la frente mojada. Por eso cuando el secretario me empujó hacia la puerta, sus manos resbalaron sobre mis brazos. El hombre, en el intento, tiró mi campera al piso. Entonces vi cómo abría sus ojos. Atrás de él la abogada levantó las manos y su rostro dibujó una sonrisa forzada, casi era una mueca de terror.
En ese momento la recordé, era la voz de mi abuelo, allá, junto a los esteros de Iberá, cuando de chiquito me enseñaba a defenderme…
—Vos no sos una mierda… ¡arremeté carajo! No te dejes cojudiar…

Los gritos me aturdieron y comencé a correr. Busqué las escaleras y bajé los escalones de a dos, de a tres…mis piernas pateaban el aire alocadamente.
Antes de la vereda varios brazos me tiraron al suelo.
Un silbato sonó fuerte en mi oído…
—¡Fue él, no lo dejen escapar…! señaló una persona.
—¡Qué bestia, los mató a los dos…! agregó otra.
—Me parece que vino a robar, gritó alguien en el pasillo.
—Será posible con estos negros, no se puede vivir tranquilo… sentenció un hombre que pasaba de costado.
Las voces se fueron confundiendo en mi cabeza… o yo, ya no quise oír…

Roberto Paniagua

miércoles, 4 de marzo de 2009

RUIDOS EN LA PANZA

Miró a su hija que jugaba con la muñeca y una tacita de plástico. Caminó unos pasos y arropó al nene que apenas se movía en la cama. Pronto iba a cumplir ocho meses. Le notó los ojitos vidriosos y la pancita inflamada. El médico de la salita le dijo que estaba bien, pero, que no descuidara la alimentación. Polenta y caldo no le faltaba. Lo que no podía comprar era “El Refuerzo”, esa leche especial, en lata, que ni siquiera había en la farmacia del barrio.

Después de secarse, se vistió, colgó la toalla en la soga y tiró el agua de la palangana al patio; el perro, que miraba desde el fondo, apenas se movió. Al salir de la casilla, vio a la vecina tomando mate debajo de un árbol, y le preguntó, si podía mirarle un rato los chicos. Todos se conocen y el dicho “hoy por vos, mañana por mí” se había instalado entre ellos, como ley de convivencia.

Las monedas del colectivo sonaron en la palma de su mano. Pidió boleto hasta el Camino de Cintura. Se bajó en la estación de servicio, que ahora es una EG3. Buscó en el bolso un cigarrillo y no lo encontró. En el playón grande, cerca de la arboleda, vio tres camiones de carga. Sus choferes descansaban a la sombra. Los fue mirando mientras se acercaba. Caminó con pasos cortos, poniendo un pié delante del otro, levantó la cabeza y con una mano acomodó su pelo. Arqueó su cadera y empezó a dibujar la sonrisa que había practicado.

Le habían dicho que no aceptara comida, mate, ni alcohol. Que era poco profesional. Los fue mirando a los ojos, escuchó sus voces y les midió la ansiedad. El acuerdo surgió en pocas palabras. Antes de subir a la cabina, sintió una mano áspera entre sus piernas y el aroma a jabón. Iba con suerte, pensó. La noche los fue envolviendo de a poco. Una vez en la cucheta, guardó el dinero en la cartera y se entregó. Mirando de costado, hacia la ruta, vio pasar los micros de larga distancia. Córdoba…, San Juan… En ese mismo momento, otras gentes también buscaban su destino. Mantuvo su mente lejos. Su cuerpo volvió a golpear sobre la colchoneta, por segunda vez. De afuera llegaron ruidos de motor y un espeso olor a gasoil. Al bajar, los otros camiones ya se habían ido. Caminó despacio los primeros pasos, después se apuró.

Antes de llegar al barrio compró algunas cosas en el mercadito del semáforo. Tras empujar la puerta de la casilla, sintió los brazos de la nena sobre su cuello y respiró profundo. Se acercó a la cama y abrió un yogurt. El nene movía la boca y tragaba sin parar. Comenzaron a correr lágrimas por su cara. Sobre su blusa se dibujó una mancha de humedad. Era una sombra oscura, justo a la altura del corazón. Movió la cabeza, espantando culpas, y sonrió.

Las luces del barrio se fueron apagando. “La esperanza sabe atarse al mañana, para no desaparecer”. Algunos, como “atrapasueños”, suelen imaginar ángeles bailando sobre sus chapas. En una ventana, la luz de la lámpara juega con el viento. La penumbra amarilla dibuja la cama y unas mantas. Dos hijos y su madre, ahora, sin ruidos en la panza, por fin pueden dormir.

Roberto Paniagua

lunes, 17 de noviembre de 2008

LA CAJA DE TÉ

Siempre que se encuentre el cofre de una abuela, no importa la edad, el misterio se dimensiona más allá de lo natural, pensé, mientras veía a Dolores bajar las escaleras que venían del altillo. Con sonrisa nerviosa y voz entrecortada nos mostró una antigua caja de té. En ella, con colores verdes y beige, se dibujaban paisajes campestres de fines de 1800; tenía los bordes y la tapa raspada por el tiempo. Por lo demás, apenas sobrepasaba las palmas de las manos de mi hermana. Jacinto y yo, menores que ella, no hablamos, pero nuestros ojos mostraron curiosidad y movimos los hombros con cierto temor.
A la abuela le gustaba jugar con el hermetismo; recién después de los ochenta se había puesto más comunicativa. Hasta entonces, cuando algo raro ocurría, se la escuchaba decir: .....“todo está escrito”, y continuaba llevando su destino con una entereza particular.
Esta mañana, una larga enfermedad le ganaba la batalla. Ella se dio cuenta, entonces, dijo casi en susurros, que encontraríamos una caja donde podríamos leer nuestros destinos. Después de estas palabras murió y a juzgar por su rostro, con mucha paz.
Los tres rodeamos la mesa y la caja fue abierta. Además de algunas fotos y notas, aparecieron tres sobres amarillentos, en donde leímos nuestros nombres: Dolores, Jacinto y Alberto. Cada uno tomó el suyo. Sentí el rasguido del papel cuando nuestra hermana fue a sentarse cerca del ventanal. Jacinto en cambio, se paró y comenzó a caminar nervioso, mientras sopesaba curioso, el sobre entre sus manos. Sus ojos brillaron en la penumbra de la sala.
Salí al parque y caminé por el césped espeso. Levanté la vista y observé, que en la planta alta, la casona mostraba todos sus ventanales cerrados, respetándose el duelo. En el espacio gravitaba el silencio. Me di cuenta de que los pájaros no cantaban. Reinaba el misterio. Claro, iba yo a convertirme en un cazafantasmas de mi vida. Todo estaba en abrir el sobre y conocer mi destino, pero a partir de ahí, tendría que recorrer un camino ya leído.
Miré el sobre, y con cariño, lo rocé en todos su bordes, luego, lo abandoné en un cantero. Levanté los hombros, comencé a silbar bajito y fui hasta el portal, camino a lo desconocido.

Roberto Paniagua

martes, 21 de octubre de 2008

BRILLO DE JUVENTUD

El agua caliente mojó el cuello y los hombros; se deslizó por la espalda hasta abrazar sus piernas. Ella se inclinó hacia atrás para mojar sus pechos. Al frotarlos con jabón, sintió los pezones largos, duros y excitados. Recordó otros tiempos y los soltó avergonzada.
El vapor espeso de la ducha le dio calor y sobre todo, intimidad. Se espumó entre las piernas y la sensibilidad la inclinó de espaldas. Se apoyó en el acrílico de la mampara, que entre brumas, dibujó las curvas de su cuerpo. Disfrutó el roce de la esponja húmeda, tibia y se acompañó con movimientos de fruición. Una de sus piernas tembló independiente y, un leve gemido complaciente acompañó la respiración.
Sus ojos se abrieron, se fijaron en un punto invisible y después los cerró muy fuerte. Una vena en su garganta palpitó descontrolada el tiempo suficiente para demostrarle que estaba viva. El arcón del olvido y la rutina, aún no la habían matado.
Ahora tenía que apurarse, se hacía tarde. La vida le marcaba un nuevo impulso.
Hace unos días, recordó, sonó el teléfono y al atender, escuchó la voz de Mirta, acelerada como siempre; invitándola a su exposición en el Borges.
Se echó a reír. -¿Buenos Aires en enero? ¿cómo que sola te aburrís?.
Cuando colgó, como de costumbre, ya tenía una semana de su vida diagramada por otra persona.
Aceptó el viaje. Javier, su marido, no dejó que se olvidara nada; en especial documentos y pasajes. Su trabajo, como siempre lo tendría ocupado y para comer, dijo, iría de su madre.
………………….
Mientras Mirta mostraba sus cuadros, ella recorrió todas las galerías que pudo, pero con las horas, se fueron cansando sus piernas (se arrepintió de haber elegido tacos tan altos) Entonces, buscó un lugar para descansar.
Casi en la salida y en un pequeño hall encontró un banco. Sintió ganas de quitarse los zapatos pero no se animó. Notó que alguien se sentaba a su lado. Al mirar se dio cuenta que era un hombre joven; llevaba una guía de la muestra en su mano y deslizó un par de comentarios elogiosos. Le pareció fino, elegante y con una sonrisa irresistible. Charlaron más de una hora. Pinturas, libros, lugares, sueños. Al verse mayor, ella impidió hablar de edades. Con voz ronca él pidió volver a verla. Se ruborizó, pero complacida, dijo de inmediato que sí.

Ya frente al espejo, eligió un vestido negra y ropa interior al tono. Con hebillas plateadas recogió y enganchó su pelo a la nuca. Un collar de perlas rodeó su cuello y se adentró en su escote. Tenía una oportunidad, y quería lucirse.
Se encontraron en la puerta y entraron. La galería estaba llena. Él le habló al oído. Ella pudo sentir el calor de su respiración, el roce de la mano en la cintura y esa invitación a salir; para tomar aire, para buscar intimidad. La agitación movió sus pechos, brotó una risa inquieta y sintió al caminar, que había humedad de vida en su ropa interior.
Caminaron dos cuadras, hasta Plaza San Martín. Entre los frondosos árboles, se dejó acariciar. Se aflojó y sintió en sus muslos la dureza de una pasión casi olvidada. La noche le dio espacio para ceder un poco más.
Brindó sus labios, pero también mordió. Quería retener el sabor de la carne, de la vida. El joven jugó con sus dedos y ella gozó. Los sintió en sus orejas, en su cuello, en su nuca y deseó abrirse; para recibir, para entregar.
De pronto, el tiempo se detuvo. El espació se congeló. El frió recorrió su espalda y su mirada se petrificó. En sus oídos penetró una voz lacerarte: “¡Perdoname vieja, pero me interesa más el collar!”.
Lo vio desaparecer a toda carrera. Entre los árboles, entre los autos ......, se esfumó.
Le temblaban las piernas, no quería llorar. Volvió al museo apoyándose en las paredes.
-¡¡Rosa!, ¿qué te pasa, que tenés?-, dijo Mirta asustada.
Ella la abrazó y le dijo: -disculpame, pero no te puedo esperar, me vuelvo esta misma noche.-
El micro fue dejando atrás la estación Retiro, cruzó unas plazas y se encaminó a la autopista. El aire acondicionado le dio frío, se acarició los brazos. Abrió su bolso, sacó un suéter y se dispuso a dormir.
Quería dejar atrás un sueño. ¡Un pequeño brillo de juventud!.



Roberto Paniagua