martes, 21 de octubre de 2008

BRILLO DE JUVENTUD

El agua caliente mojó el cuello y los hombros; se deslizó por la espalda hasta abrazar sus piernas. Ella se inclinó hacia atrás para mojar sus pechos. Al frotarlos con jabón, sintió los pezones largos, duros y excitados. Recordó otros tiempos y los soltó avergonzada.
El vapor espeso de la ducha le dio calor y sobre todo, intimidad. Se espumó entre las piernas y la sensibilidad la inclinó de espaldas. Se apoyó en el acrílico de la mampara, que entre brumas, dibujó las curvas de su cuerpo. Disfrutó el roce de la esponja húmeda, tibia y se acompañó con movimientos de fruición. Una de sus piernas tembló independiente y, un leve gemido complaciente acompañó la respiración.
Sus ojos se abrieron, se fijaron en un punto invisible y después los cerró muy fuerte. Una vena en su garganta palpitó descontrolada el tiempo suficiente para demostrarle que estaba viva. El arcón del olvido y la rutina, aún no la habían matado.
Ahora tenía que apurarse, se hacía tarde. La vida le marcaba un nuevo impulso.
Hace unos días, recordó, sonó el teléfono y al atender, escuchó la voz de Mirta, acelerada como siempre; invitándola a su exposición en el Borges.
Se echó a reír. -¿Buenos Aires en enero? ¿cómo que sola te aburrís?.
Cuando colgó, como de costumbre, ya tenía una semana de su vida diagramada por otra persona.
Aceptó el viaje. Javier, su marido, no dejó que se olvidara nada; en especial documentos y pasajes. Su trabajo, como siempre lo tendría ocupado y para comer, dijo, iría de su madre.
………………….
Mientras Mirta mostraba sus cuadros, ella recorrió todas las galerías que pudo, pero con las horas, se fueron cansando sus piernas (se arrepintió de haber elegido tacos tan altos) Entonces, buscó un lugar para descansar.
Casi en la salida y en un pequeño hall encontró un banco. Sintió ganas de quitarse los zapatos pero no se animó. Notó que alguien se sentaba a su lado. Al mirar se dio cuenta que era un hombre joven; llevaba una guía de la muestra en su mano y deslizó un par de comentarios elogiosos. Le pareció fino, elegante y con una sonrisa irresistible. Charlaron más de una hora. Pinturas, libros, lugares, sueños. Al verse mayor, ella impidió hablar de edades. Con voz ronca él pidió volver a verla. Se ruborizó, pero complacida, dijo de inmediato que sí.

Ya frente al espejo, eligió un vestido negra y ropa interior al tono. Con hebillas plateadas recogió y enganchó su pelo a la nuca. Un collar de perlas rodeó su cuello y se adentró en su escote. Tenía una oportunidad, y quería lucirse.
Se encontraron en la puerta y entraron. La galería estaba llena. Él le habló al oído. Ella pudo sentir el calor de su respiración, el roce de la mano en la cintura y esa invitación a salir; para tomar aire, para buscar intimidad. La agitación movió sus pechos, brotó una risa inquieta y sintió al caminar, que había humedad de vida en su ropa interior.
Caminaron dos cuadras, hasta Plaza San Martín. Entre los frondosos árboles, se dejó acariciar. Se aflojó y sintió en sus muslos la dureza de una pasión casi olvidada. La noche le dio espacio para ceder un poco más.
Brindó sus labios, pero también mordió. Quería retener el sabor de la carne, de la vida. El joven jugó con sus dedos y ella gozó. Los sintió en sus orejas, en su cuello, en su nuca y deseó abrirse; para recibir, para entregar.
De pronto, el tiempo se detuvo. El espació se congeló. El frió recorrió su espalda y su mirada se petrificó. En sus oídos penetró una voz lacerarte: “¡Perdoname vieja, pero me interesa más el collar!”.
Lo vio desaparecer a toda carrera. Entre los árboles, entre los autos ......, se esfumó.
Le temblaban las piernas, no quería llorar. Volvió al museo apoyándose en las paredes.
-¡¡Rosa!, ¿qué te pasa, que tenés?-, dijo Mirta asustada.
Ella la abrazó y le dijo: -disculpame, pero no te puedo esperar, me vuelvo esta misma noche.-
El micro fue dejando atrás la estación Retiro, cruzó unas plazas y se encaminó a la autopista. El aire acondicionado le dio frío, se acarició los brazos. Abrió su bolso, sacó un suéter y se dispuso a dormir.
Quería dejar atrás un sueño. ¡Un pequeño brillo de juventud!.



Roberto Paniagua

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