EL CANJE
“…El hombre, siempre inacabado,
sólo se complementa cuando sale
de sí y se inventa… Sólo seremos
nosotros mismos, si somos capaces
de ser otro… Nuestra vida es
nuestra y de los otros…”
Octavio Paz
La ruta comenzó a borrarse tumbada por la noche. El limpia parabrisas desparramó el barro acumulado en los vidrio. Mi vista ya cansada, buscó en el pestañeo, el alivio de unas lágrimas. Esperaba apenas, una señal. El dibujo de un surtidor rojo y amarillo, que apareció después de una curva, renovó mi aliento. Sentí que era el lugar. Tendría que descansar ahí, si quería llegar bien, a mi destino.
Bajé del auto con el maletín y las carpetas. “Administrador de campos” se leía en la solapa. Para mí, un trabajo bien rentado; para otros, mucho dinero.
La estación de servicios se enquistaba en un pequeño cruce de caminos. Dos calles con faroles iluminaban, apenas, una hilera de casas semidormidas.
En el salón comedor, las sillas y las mesas se multiplicaban vacías, haciendo más frió el ambiente. Me sirvieron un café rebelde al paladar, pero caliente. Dejé que el humo desparramara el vapor haciendo dibujos sobre mi cara. Envolví el pocillo con mis manos, y dejé correr el tiempo. No me saqué el sobretodo. La ventana me devolvió una imagen redonda, aburguesada. Sentí vergüenza. Pasé mi mano por el pelo y mis dedos se perdieron entre las canas. Los años habían pasado, duros, marcándose en el cuerpo.
Un hombre delgado, de mediana estatura, vestido con jeans gastado y con una pobre campera marrón, eligió entre todas, mi mesa. Dejó su bolso sobre una de las sillas y se sentó frente a mí. Quedé sorprendido, no articulé palabras pero instintivamente acomodé el portafolio entre mis piernas. Contesté su saludo moviendo la cabeza. Me dijo que la charla daba calor y acortaba el tiempo. No contesté. Con la vista, me quedé hurgando en la noche.
—Espero un micro que llegará pronto—. Comentó con vos seca y segura. Luego habló algo de reencontrarse con un destino, que lo había olvidado en una provincia, hace muchos años.
Le presté atención cuando recordó a una mujer ofreciendo dos niños. Después, un tren que se alejaba. Tenía que ser uno. La comida, para dos no alcanzaba.
Con el tiempo él también se fue, pero la espera, le signó la pobreza.
Lo miré a los ojos. Estaba mencionado instantes que me pertenecían. Entonces sacó un papel. Lo extendió sobre la mesa, las letras encadenadas me nombraban varias veces. Fechas, hechos y lugares.
—¡Te eligieron a vos...., y yo me quedé! me recriminó, con voz ronca.
Lo miré de costado. Fue apenas, de refilón, pero note su boca desdentada.
Se inclino hacia mí, y agregó:
—Alguien tenía que canjear ese destino de miserias… ¡y me tocó a mí, cubrir tus espaldas!—
—A vos te eligieron para vivir las bonanzas— agregó, y vi dureza en su rostro.
—¡No...., si no fue fácil, no se vaya a creer! contesté, intentando una débil defensa.
Sus ojos, con cierto magnetismo, comenzaron a dominar la escena. Contó buena parte de mi vida y para mi sorpresa, no se equivocaba. Todo estaba ahí, lo bueno y algunas cosas malas. Eso sí, no me juzgó, solo atino a sonreír con la media sombra de su boca. Arqueó las cejas y su frente marcó varias rayas profundas, tan hondas, que me asustaron.
—¿Vos sabes algo de porqué me dejaron? Preguntó, casi como en un ruego. Quise contestar pero noté que mi lengua estaba muerta, no pude emitir palabras. Agaché la cabeza hasta ver mis manos sobre la mesa, estaban blancas y heladas.
Las luces de un micro, al llegar, movieron las sombras del estacionamiento. Lo vi yo, porque él estaba de espaldas. Su voz sonaba metálica y vibró en mis oídos.
–Estoy aquí porque vengo a buscar un vuelto, ¿sabes? ¡Me lo deben, y me lo voy a cobrar! Dijo envalentonado.
Entonces, algo frío invadió todo mi cuerpo, me sentí como mudado. Miré a los costados, busqué al mozo. Quería gritar, para que alguien me ayudara. Mi garganta no me respondió.
Inmóvil como estaba, miré a través de los vidrios.
Un hombre canoso, con largo sobretodo y carpetas en sus manos, llegó a mi auto. Lo abrió, encendió las luces y con leves movimientos, subió a la ruta y desapareció.
—Señor, si va a tomar el micro, le aviso que ya salimos— dijo el chofer, saliendo del baño.
En mi mano había un boleto. Me levanté, subí el cierre de la campera. Tomé el bolso que había sobre la silla, respiré hondo y caminé hasta el colectivo.
Roberto Paniagua
domingo, 19 de octubre de 2008
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