lunes, 17 de noviembre de 2008

LA CAJA DE TÉ

Siempre que se encuentre el cofre de una abuela, no importa la edad, el misterio se dimensiona más allá de lo natural, pensé, mientras veía a Dolores bajar las escaleras que venían del altillo. Con sonrisa nerviosa y voz entrecortada nos mostró una antigua caja de té. En ella, con colores verdes y beige, se dibujaban paisajes campestres de fines de 1800; tenía los bordes y la tapa raspada por el tiempo. Por lo demás, apenas sobrepasaba las palmas de las manos de mi hermana. Jacinto y yo, menores que ella, no hablamos, pero nuestros ojos mostraron curiosidad y movimos los hombros con cierto temor.
A la abuela le gustaba jugar con el hermetismo; recién después de los ochenta se había puesto más comunicativa. Hasta entonces, cuando algo raro ocurría, se la escuchaba decir: .....“todo está escrito”, y continuaba llevando su destino con una entereza particular.
Esta mañana, una larga enfermedad le ganaba la batalla. Ella se dio cuenta, entonces, dijo casi en susurros, que encontraríamos una caja donde podríamos leer nuestros destinos. Después de estas palabras murió y a juzgar por su rostro, con mucha paz.
Los tres rodeamos la mesa y la caja fue abierta. Además de algunas fotos y notas, aparecieron tres sobres amarillentos, en donde leímos nuestros nombres: Dolores, Jacinto y Alberto. Cada uno tomó el suyo. Sentí el rasguido del papel cuando nuestra hermana fue a sentarse cerca del ventanal. Jacinto en cambio, se paró y comenzó a caminar nervioso, mientras sopesaba curioso, el sobre entre sus manos. Sus ojos brillaron en la penumbra de la sala.
Salí al parque y caminé por el césped espeso. Levanté la vista y observé, que en la planta alta, la casona mostraba todos sus ventanales cerrados, respetándose el duelo. En el espacio gravitaba el silencio. Me di cuenta de que los pájaros no cantaban. Reinaba el misterio. Claro, iba yo a convertirme en un cazafantasmas de mi vida. Todo estaba en abrir el sobre y conocer mi destino, pero a partir de ahí, tendría que recorrer un camino ya leído.
Miré el sobre, y con cariño, lo rocé en todos su bordes, luego, lo abandoné en un cantero. Levanté los hombros, comencé a silbar bajito y fui hasta el portal, camino a lo desconocido.

Roberto Paniagua

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy Lindo!, cuantos misterios las abuelas....es verdad...como me gustaria tenerlas hoy, a mi edad para conversar y develar alguno de ellos

Naty.